Conduciendo por la vida

Partiendo de los hechos que nos reportan los medios de comunicación, diariamente se contabilizan accidentes de tránsito en todos los niveles de la escala social, especialmente los estratos con menor acceso a los bienes de la cultura y la educación.
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En lo que va del año, hasta el 28 de abril, según el Viceministerio de Transporte, se registró el fallecimiento de 397 personas y de 3,226 lesionados. Un aproximado de 30 muertes por mes, una diaria y un poco más de 800 lesionados, es decir en números gruesos: 200 por mes, siete diarios.

“Según el VMT, la principal causa de accidentes es la invasión del carril contrario, seguida de la distracción del conductor y por no respetar la señal de prioridad. Mientras que la principal causa de muertes es la distracción del conductor, seguida de velocidad inadecuada. Como tercera causa se encuentra la imprudencia del conductor”. (LPG. 29/04/2016). Es decir, errores humanos del que conduce la máquina.

¿Por qué esta actitud agresiva y descontrolada de los conductores?

Es cierto que vivimos en una sociedad polarizada donde lo ideológico supera muchas veces lo ético y lo moral, antivalores de convivencia que permeabilizan el tejido social. Pero también hemos aprendido que el diálogo y la praxis son básicos para la convivencia. He allí los Acuerdos de Paz y nuestra todavía incipiente democracia que camina con paso lerdo, pero avanza. Es decir, se puede cambiar y se debe cambiar.

Esas secuelas del cuerpo social, reproducidas en la conducta en cada alma humana, son fundamentos en la relación familiar, comunitaria, y de nuestro grupo humano. Podríamos llamarlo cultural y nombrar investigaciones y propuestas hermosas de sanas intenciones. La realidad es que día a día nos enfrentamos con manifestaciones de intolerancia y violencia.

Trate usted de manejar a la defensiva en las horas pico en San Salvador y de seguro llegará con una hora de retraso y con la presión sanguínea altísima. Los vehículos y sus tripulantes van encima, irrespetan cualquier señal pública; de tal manera que si no se pone a la altura de las circunstancia, está perdido. Si alguien quiere pasarlo y usted percibe que quiere ingresar a la fila lo más normal del mundo es acelerar y bloquearle el paso. Claro, hay expertos en hacer doble carril y aparecer fugaz y rápidamente, sorprendiéndolo con su osadía e intrepidez. Realmente es un caos en el que nos toca conducirnos diariamente.

He venido insistiendo en este espacio de opinión sobre la necesidad de monitorear los métodos y regulaciones de las escuelas de manejo y los permisos que son claves para los futuros conductores como una función básica del Gobierno, sin encontrar eco a la inquietud.

Entonces: ¿Qué de nosotros que vivimos en este infierno diario? Realmente me atrevo a decir que no entendemos de otra manera que con la coacción y la fuerte aplicación de la ley.

Sugiero que se modifique la Ley de Tránsito y que se apliquen con creatividad y drasticidad medidas disciplinarias, multas, esquelas, detenciones o envío a escuelas de manejo. O que los infractores realicen tareas relacionadas con el tráfico, para que nos eduquemos en la práctica de las normas y el respeto a las leyes y a los valores de la convivencia armónica.

Los miembros del cuerpo de Policía en su totalidad, donde quiera que se encuentren, deberían de contribuir a este cambio cultural y no tomar una actitud de apatía y hasta de complicidad con estas infracciones que se realizan en sus narices, como se dice.

Y por supuesto una campaña mediática de sensibilización que enfoque los desastres de nuestra actitud y prevengamos la muerte y el quebranto de la familia salvadoreña.

Tags:

  • ley de transito
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