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Conducta delictiva, el origen del mal

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Walter Morales

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Mientras preparaba el material que entregaría a los participantes en un diplomado sobre la Ley de Lavado de Dinero y Activos, me encontré con una compilación de noticias que ya he utilizado como ejemplo sobre los casos de corrupción en El Salvador y América Latina. Al releerlos y analizarlos identifiqué un común denominador en los protagonistas de los casos más sonados en el último quinquenio que, sin duda, es la conducta delictiva reflejada en conflictos de intereses, relaciones comerciales, evasión y peculado, entre otras manifestaciones que, de acuerdo con la ley penal, son actos que merecen castigo.

Lo anterior me hizo acudir al Informe Latinobarómetro que investiga el desarrollo político, económico y social de diferentes países, utilizando indicadores de opinión pública que miden actitudes, valores y comportamientos. En su edición de 2018, destaca que los patrones de conducta de la población de América Latina, en general, frenan en alguna medida el combate contra la corrupción, porque aún hay mucha tolerancia y aceptación de esta como medio para lograr objetivos.

En el caso de El Salvador, dicho informe señala que un 69 % de la población se mostró muy de acuerdo o de acuerdo en que "cuando se sabe de algo corrupto es mejor quedarse callado" y un 45 % dijo estar de acuerdo o muy de acuerdo con pagar el precio de "cierto grado de corrupción" a cambio de que se le solucionen sus problemas. Esto es preocupante porque prevalece el comportamiento corrupto como un patrón natural, es decir que asienta el criterio de que "así se ha hecho siempre", por lo que la conducta delictiva se vuelve habitual.

De aquí la importancia de la educación y de dar a conocer los preceptos de la Ley contra el Lavado de Dinero, lo cual evitaría la conducta delictiva y se establecería la equidad jurídica. El problema radica en que, como sociedad, dejamos pasar actos corruptos de los gobernantes de turno ya sea en el Ejecutivo, Legislativo, Judicial e incluso municipal quienes, en muchos casos, se han aprovechado del poder que les ha sido confiado y no han medido las consecuencias de transgredir la ley. Un ejemplo claro de esto último es el de la alcaldía de El Congo, en Santa Ana, cuyas autoridades hicieron lo "habitual", convirtiendo a los amigos en proveedores y ejecutores de proyectos municipales de quienes posteriormente solicitan comisiones o diezmos.

La tolerancia y aceptación de arreglos como estos evidencian una crisis de valores, una ausencia de justicia, responsabilidad, integridad, lealtad, honestidad, al tiempo que reflejan un problema social al que muy poco se le ha buscado solución. Sin embargo, nunca es tarde para empezar, y debemos abordar la problemática sin esperar que el Estado, entidades privadas o terceros lo hagan por nosotros.

Estoy plenamente convencido de que podemos ser agentes de cambio e influir en la educación de nuestros hijos y de El Salvador en general, fomentando prácticas de valores, pero sobre todo en un liderazgo ético desde todo nivel y no dejar únicamente la educación en manos de instituciones educativas. Para ello debemos reaprender y evitar vernos involucrados en situaciones delictivas por la falta de educación legal y financiera.

Por otra parte, es preciso mantener presente que todo acto acarrea una consecuencia y que la conducta delictiva tiene efectos penales y sociales, por ello y por plena satisfacción debemos cumplir integralmente como personas con preceptos éticos y legales.

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  • Ley de Lavado de Dinero y Activos
  • corrupción
  • patrones de conducta
  • alcaldía de El Congo
  • educación

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