¿Conoces la ternura de Dios?

“Quien no conoce la ternura de Dios no conoce la doctrina cristiana”, afirmó el papa Francisco en una de sus homilías.

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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Partiendo del Evangelio que se refiere a la oveja perdida comparemos la alegría por el consuelo del Señor que jamás deja de buscarnos: Él viene como un juez, pero como un juez que acaricia, un juez que está lleno de ternura: que hace de todo para salvarnos. Que no viene a condenar, sino a salvar; que nos busca a cada uno de nosotros, que nos ama personalmente, no como a una masa indistinta, sino que nos ama por nuestro nombre, “nos ama por lo que somos”.

La oveja perdida no se ha perdido porque no tenía una brújula en la mano. Conocía bien el camino. Se ha perdido porque tenía el corazón enfermo, ofuscado y huye para alejarse del Señor, para colmar esa oscuridad interior que la conducía a la doble vida: estar en el rebaño y escapar a la oscuridad. El Señor conoce estas cosas y va a buscarla.

La oveja perdida más perfecta en el Evangelio es Judas: un hombre que siempre tenía algo de amargura en el corazón, algo que criticar a los demás, estaba siempre distante. No conocía la dulzura de la gratuidad de vivir con todos los demás. Y dado que esta oveja no estaba satisfecha –¡Judas no era un hombre satisfecho!– siempre escapaba porque era ladrón. Otros son lujuriosos, otros... Pero siempre escapan porque existe aquella oscuridad en su corazón que los separa del rebaño.

Judas no entiende y al final, cuando ha visto lo que la propia doble vida ha hecho, el mal que ha sembrado con su oscuridad interior, que lo llevaba a escapar siempre, buscando luces que no eran la luz del Señor, sino luces artificiales, se ha desesperado.

Hasta el final el amor de Dios trabaja en el alma de Judas, hasta el momento de la desesperación. Y esta es la actitud del Buen Pastor con las ovejas perdidas.

Este es el anuncio, el feliz anuncio que nos trae la Navidad y que nos pide esta sincera alegría que cambia el corazón, que nos lleva a dejarnos consolar por el Señor y no por las consolaciones que nosotros vamos a buscar para desahogarnos, para escapar de la realidad, escapar de la tortura interior, de la división interior.

Jesús, cuando encuentra a la oveja perdida, no la insulta, incluso si ha hecho tanto mal. En el huerto de los olivos llama a Judas “amigo”. Son las caricias de Dios:

Quien no conoce las caricias del Señor, ¡no conoce la doctrina cristiana! Quien no se deja acariciar por el Señor, ¡está perdido! Es este el feliz anuncio, esta es la sincera exultación que nosotros queremos hoy. Esta es la alegría, este es el consuelo que buscamos: que venga el Señor con sus caricias, para encontrarnos, para salvarnos, como a la oveja perdida y para llevarnos a su grey. Que el Señor nos dé esa gracia esta Navidad.

Vamos a acudir a la Sagrada Familia –Jesús, María y José– para pedirles su ayuda y así alcanzar la bienaventuranza eterna en el Cielo el día que el Señor nos llame a comparecer en su presencia.

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