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Consideraciones sobre el realismo político

En los últimos años se ha agudizado el debate sociopolítico en torno a las soluciones de los graves problemas que más afectan al país en la actualidad. Las propuestas de solución de los diversos actores sociales y políticos no solo son distintas, sino incluso antagónicas, dificultando el logro de lo que reiteradamente se ha llamado un acuerdo o consenso nacional.
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Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

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Las dificultades radican, principalmente, en que ya hay posiciones tomadas en virtud de ciertas opciones o de intereses particulares. Pero el problema se agudiza cuando se dogmatizan las posiciones. Esto último ocurre especialmente cuando los actores anteponen sus principios ideológicos a los hechos reales que conforman la realidad histórica salvadoreña. Los principios pueden tener su validez, pero como tales su función es orientar la búsqueda de soluciones y de ningún modo sustituirla como medio de indagación para encontrar las vías de solución de los problemas sociales.

Metodológicamente, los protagonistas de los acuerdos deberían someterse más a la realidad de los hechos que a la presunta universalidad y obligatoriedad de los principios de cada uno. Y es que la solución prevista como ideal en la formulación de los puros principios no es, en cada caso, la más razonable y justa, porque no se ajusta a las circunstancias y condiciones concretas.

Esta es la insuficiencia de lo que se puede denominar principismo, un término que se utiliza para caracterizar la postura de aquellos actores para los cuales solo los hechos conformes a sus principios son hechos aceptables. A nivel político, el principismo busca realizar a toda costa lo que se considera éticamente correcto al margen de lo que las circunstancias y las situaciones concretas ofrecen como posibilidades reales. Es la realidad la que tiene que adaptarse a la propia ideología y a lo que se cree éticamente bueno, y por eso no se acepta ningún tipo de concesión que suponga una contradicción con lo que se cree que es el bien.

La postura antagónica a la anterior es la que se denomina pragmatismo. Este se ajusta a la realidad empírica dada sin tomar en cuenta las posibilidades reales de transformación, soslaya cualquier normatividad, según las posibilidades que los hechos reales ofrecen, y busca únicamente sacar ventajas inmediatas de la situación. A nivel político, el pragmatismo no asume unos valores y unos principios definitivos para definir su identidad y orientar su acción política, sino que se va adaptando a la diversidad de situaciones y va modificando continuamente sus posiciones políticas para beneficiar al grupo dirigente o al partido.

Si el principismo tiende a ser intransigente y dogmático, el pragmatismo suele ser acomodaticio y errático. Frente a ellos hay que buscar dialécticamente una posición superior que es la del realismo, que presta más atención a las exigencias de la realidad y a lo que es posible realmente hacer en cada coyuntura.

El realismo sostiene que es la realidad la que debe determinar, en última instancia, tanto los principios normativos adecuados como las acciones que deben seguirse para formular la solución verdadera de cada problemática que se presenta en un momento dado. Una solución verdadera es aquella que no solo resuelve de hecho un problema, sino que lo resuelve definitivamente, porque se acomoda a las raíces del problema y propone realistamente los remedios profundos adecuados, que son a la vez ajustados y justos.

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