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“Constructores de puentes, destructores de muros”

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“Constructores de puentes, destructores de muros”

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Por Eva María López Coautora de El País que viene

“¡Que injusticia! ¡¿Por qué nadie está haciendo nada al respecto?!”. Seguramente, al leer esto se les vino a la mente algún problema que les genera especial indignación; en mi caso, el tema fue el acceso a educación de calidad. ¿Los “culpables”? sobran; sin embargo, hace un par de años no me hubiera contemplado la posibilidad de contarme entre ellos, entre los responsables de hacer algo, pero ya les contaré más.

Desde el 2012 tuve la oportunidad de ser educadora voluntaria del Club de Debate con Glasswing: podía combinar mi reciente amor por el debate y la posibilidad de contribuir a la formación en centros educativos públicos. Siempre había sido este un tema que me tocaba profundamente, pero hasta antes de esto jamás había pasado de la indignación a la acción.

Cuando empecé pensaba en “contribuir” a resolver un problema, las carencias del sistema educativo, por las personas que se veían directamente afectadas por ello; he ahí los efectos de nuestros muros, del tipo que estos sean, que hacen que se nos olvide que tras las grandes problemáticas que se convierten en temas de entrevistas y foros de opinión existen personas que viven las consecuencias en carne propia: la situación tiene cara, nombre y llora ante la indiferencia.

Por eso es que, cuando dejamos de concentrarnos en “cambiar un sistema” y nos interesamos genuinamente en los demás, empiezan a ocurrir los verdaderos cambios. En mi caso, los chicos del club de debate se convirtieron en nuestros amigos; sabíamos de sus familias, sus aspiraciones y miedos, nos volvimos un espacio seguro y franco para todos: el diálogo tiene un poder constructor que nos permitió derribar los muros de la apatía y empezar a construir nuestros primeros puentes como equipo.

La construcción y el apoyo mutuo entre los involucrados hace que los resultados que esperamos se alcancen, e incluso, superen las expectativas: los chicos no solo ganaban competencias, sino que mejoraron su rendimiento académico, sus relaciones interpersonales y descubrieron sus potenciales. Sin embargo, lo que podría definir como el momento cúspide de esta experiencia es que, años después, tuve el privilegio de ver a Janneth y Eduardo, dos niños destacados del club, regresar como educadores voluntarios a su misma escuela: habían recibido y por eso sentían el compromiso de devolver; ahí ocurre el verdadero cambio, cuando lo internalizamos y actuamos.

Lo anterior deja en evidencia que el camino de la incidencia ciudadana, que trasciende de las redes, es un compromiso que nos obliga a involucrarnos. Puede que quien lea esto descubra, con un poco de terror, que tampoco ha pasado a la acción: ¡estas a tiempo! Esta es una invitación a que escojan un tema que los apasione, que derriben su peor muro (la ‘culpabitis’: buscar responsables en todos menos en uno mismo), a que recuerden que trabajamos con seres humanos y no fríos sistemas y acepten que involucrarse no solo cambia a otros, sino también a uno mismo.

Cuando veo personas como las que he conocido en este camino, me convenzo de que, aunque falta mucho por hacer, cada vez se suman más manos para trabajar. Ojalá que ustedes también encuentren a sus propios “Janneth” y “Eduardo” en sus propias causas, porque en un mundo en el que todos estamos enfocados en exigir, es momento de empezar a dar.

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