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Contar la historia

No soy ningún historiador, y no pretendo serlo. Por tanto, no entraré detalladamente en el proceso histórico de los Acuerdos de Paz, pero sí insistiré, todas las veces que hagan falta, y son muchas, en la importancia justamente de ese acontecimiento histórico, el más relevante de la historia reciente de El Salvador. Pues para eso no hay que ser especialista, al menos no debería ser el caso.

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Florent Zemmouche

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Cualquier salvadoreño tiene que conocer y celebrar esta fecha: 16 de enero de 1992. El problema es que el salvadoreño más eminente, supuestamente, el que está a la cabeza del país, que nos gobierna y representa con todo lo que genera, no estimó que la causa justificara el gran esfuerzo de mover la mano para tomar su cetro, el celular, y ofrecernos en su corte virtual 280 caracteres (ya que ni en sueños, aunque sean legítimos y republicanos, podíamos tener la indecible suerte de asistir a un discurso para la ocasión). No. Nada de eso. Nada en absoluto.

Al parecer, el 16 de enero de 1992 no es una fecha suficientemente importante para que el presidente Bukele la destaque, a su manera, es decir, vía Twitter, que sigue siendo a pesar de todo una forma de destacar. Pero no lo hizo. Ninguna excusa: o es un olvido, y es grave (y sería el colmo para un acontecimiento histórico, que sea olvidado, con lo que implica). O fue a propósito, y es grave. En cualquier caso, muestra la esencia (si la hay) de la presidencia Bukele: conectada pero desarraigada. Mejor dicho, enchufada en las redes sociales, por lo cual, desconectada de la realidad. De un presidente que surfea olas numéricas, y una ola no es eterna; a menos que sea artificial, terminará rompiéndose. Asimismo, descartando la intervención mecánica, no siempre hay buenas olas. Sobre todo, solo son la parte visible del iceberg, quizá entretenida, pero ínfima, que nos distrae con el movimiento y la agitación de las profundidades y espacios infinitos que yacen debajo y detrás. Eso le falta a Bukele, esa sustancia y densidad, un zócalo. ¿De qué sirve una estatua sin pedestal? No hay que desligarse de la tierra, Señor Presidente: la gente huye del país, y de sí misma. El árbol sin raíces, deja de crecer, y se muere. Con el primer viento se caerá. Qué irónico ser derrumbado y sumergido en el olvido por lo que se busca descartar y precisamente hacer olvidar; pues ese viento, es el de la historia.

Siempre que converso con un salvadoreño que conoce la historia nacional y que hablamos de un episodio de esta, me lo empieza a contar en su totalidad y en detalles. Suele ocurrir a menudo con la guerra civil. Lo que me interesa de esta anécdota es esa costumbre, legítima e importante, que me hace pensar en los abuelos, últimos testigos de la vida de una familia o de un pueblo perdido y justamente, casi olvidado. Para luchar contra aquella eternidad oscura del silencio, ellos hablan y cuentan. ¿Por qué lo hacen entonces personas en San Salvador sobre un acontecimiento tan central como la guerra civil? Porque la historia no está escrita. Ellos tienen como deber tácito seguir contándola, sin descanso, para no olvidar. Y nosotros la escribiremos, con o sin Bukele. Porque es necesario: nos falta una cultura histórica, es decir una cultura a secas, porque la historia es el fundamento de nuestra identidad. Si no solo seremos como Bukele, una sociedad-Twitter, breve y efímera, con obsolescencia programada, que quiere ser diferente, marcar la historia, pero que al fin y al cabo, no dejará ninguna huella.

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