Contra el hábito violento

Los políticos estadounidenses, empezando por el presidente Obama, deberían tener el valor que tiene el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y abogar por imponerle límites a la venta irracional de armas de fuego.
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<p>&nbsp;</p>Hace apenas unos días, un hombre que llevaba un año acumulando rencores regresó a la oficina de la que fue despedido, desenfundó su pistola y le metió cinco balazos a un excompañero de trabajo. Minutos después, fue abatido por la policía mientras caminaba entre una multitud por la 5.ª avenida en la ciudad de Nueva York. El saldo fue de dos muertos y nueve heridos.<p> Unos días antes, un “neonazi frustrado” entró a un templo sij en Milwaukee, y con una pistola semiautomática mató a seis personas e hirió a otras cuatro. El mes anterior, un estudiante de posgrado en una universidad del estado de Colorado entró a un cine y sacó un arma con capacidad para disparar 100 balas sin necesidad de recargarla y disparó contra los asistentes: mató a 12 personas y dejó heridas a otras 58. El elevado número de víctimas y el carácter demencial de las circunstancias en las que murieron fueron noticia de primera plana en todos los medios de comunicación. Lo lamentable y lo alarmante del caso, sin embargo, es que estas son solo tres instancias de una violencia con armas de fuego que en Estados Unidos es consuetudinaria, no esporádica. </p><p>En este país, a diario mueren 34 personas heridas con armas de fuego. Y cada vez que esto sucede, los políticos ponen cara compungida, ofrecen rezos por las víctimas y condolencias a los familiares, pero siempre evitan ir a la raíz del problema: la venta irracional de armas de fuego.</p><p>Una honrosa excepción ha sido el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, quien hace tiempo que aboga por implantar controles razonables a la venta casi irrestricta de armas. Desafortunadamente son muy pocos los Republicanos que tienen el valor de Bloomberg. En el caso de Mitt Romney, por ejemplo, es imposible discernir cuál es su posición sobre el tema porque su opinión varía según sus intereses del día. Cuando era gobernador de Massachusetts, en 2004, prohibió la venta de armas de asalto aduciendo que eran “instrumentos de destrucción cuyo único propósito era cazar y matar a seres humanos”. En 2008 se olvidó de lo dicho y desde entonces se opone a todo intento de imponerle restricciones a las ventas de armas, incluyendo las de asalto.</p><p>En el Congreso, Demócratas y Republicanos viven paralizados de miedo a la Asociación Nacional del Rifle y a los votantes que ven cualquier restricción a la venta de armas como un atentado a su libertad y se apresuran a comprar arsenales cuyo uso solo sería apropiado para el ejército o la policía. Desafortunadamente, el presidente Obama tampoco ha mostrado su liderazgo en el tema del control de armas de fuego por temor a la Asociación Nacional del Rifle y a los mismos votantes.</p><p>Pero el presidente se equivoca. Como bien ha mostrado el analista político Ron Brownstein, la inacción no le beneficia en lo más mínimo porque independientemente de lo que haga o diga en materia de control de venta de armas, Obama ya perdió el voto de los votantes blancos con bajos niveles educativos que se aferran a sus pistolas. En cambio, las minorías y las mujeres con títulos universitarios, los grupos que han apoyado a Obama, sí aceptarían limitar la venta de armas.</p><p>Obama tiene razón cuando dice que el actual Congreso no aprobaría un proyecto de ley restringiendo la compra de armas, pero eso no justifica que se siente en sus laureles sin hacer nada. Obama podría ordenar a los agentes del orden que sean más estrictos confiscando armas de asalto aplicando una redefinición de lo que constituye el “propósito deportivo de un arma”. Nadie caza patos con fusiles que disparan 100 balas. También podría ordenar que las inspecciones a las armerías en la frontera sur sean más estrictas. Dos medidas modestas pero que podrían mitigar un poco la violencia.</p><p>Si algo ha mostrado Obama en su apuro por no perder el voto hispano es la capacidad que tiene la oficina presidencial para ganar votos emitiendo órdenes ejecutivas que no requieren de la aprobación del Congreso. La urgencia del tema demanda que el presidente asuma su liderazgo y le imponga un límite a la venta irracional de armas de fuego.</p><p>&nbsp;</p>

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