Convulsiones y cambios en la América Latina de nuestros días

Pese a todas las complicaciones activas en el terreno, la democracia gana terreno, removiendo estructuras y desafiando tradiciones como nunca antes. Eso es lo que hoy se hace sentir con creciente vigor.
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Políticamente hablando, nuestra zona hemisférica ha sido siempre un escenario turbulento, en buena medida porque nuestras sociedades no han respondido adecuadamente a los imperativos de modernización que vienen trayendo los tiempos desde que entramos en la vida independiente hace ya dos siglos. América Latina es un mapa diverso, aunque haya habido siempre y siga habiendo tantas afinidades profundas y tantos puntos de encuentro en el presente sucesivo. Desde el inicio hubo una especie de aceptación implícita a ser una zona de periferia, por no haber sabido generar liderazgos con voluntad de trascender hacia dimensiones mayores en cualquiera de las formas características del desarrollo.

El impulso globalizador que rige la dinámica internacional en nuestros días nos ha traído a los latinoamericanos oportunidades sin precedentes; y aunque aún está por verse si seremos capaces de sacarles a dichas oportunidades todas las ventajas disponibles, lo que sí ya estamos viviendo es la atmósfera transformadora que circula por todas partes. Esto se manifiesta desde lo básico, que es el planteamiento. ideológico-político, etiquetado tradicionalmente con dos términos contrapuestos: derecha e inquierda. Tal contraste tomó condición de alto voltaje cuando la izquierda asumió la utopía marxista como su principal bandera de lucha en clave universal. Y a partir de la instalación del comunismo soviético el fenómeno se erigió en la más beligerante opción de futuro.

En nuestra América, el surgimiento de la Revolución Cubana, a las puertas de Estados Unidos, la superpotencia líder del liberalismo universal, generó un nuevo mapa político latinoamericano, que se vino desenvolviendo dramáticamente en los decenios subsiguientes. Pero en 1989, cuando implosionó el comunismo soviético, las cosas comenzaron a girar, pero de forma desordenada y reactiva. Pese a todas las complicaciones activas en el terreno, la democracia gana terreno, removiendo estructuras y desafiando tradiciones como nunca antes. Eso es lo que hoy se hace sentir con creciente vigor. Y en dicha línea, tanto la izquierda como la derecha están en constante cuestionamiento de viabilidad, y tienen que aceptarlo y procesarlo, para no caer en el trastorno irreversible.

Lo que en verdad se halla en crisis es el extremismo en cualquiera de sus formas y manifestaciones. Lo radical no se sostiene en el tiempo, y la reiterada experiencia de ello le está dando energías frescas a la democracia en todas las latitudes, aunque esto no se pueda percibir con la misma claridad en las diversas zonas del mapa global. Quizás el caso actualmente más representativo de las nuevas dinámicas políticas sea el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, que tiene mucho de coreográfico pero cuyo mensaje de fondo va mostrando un significado cada vez más ilustrador de hacia dónde van a ir las cosas de aquí en adelante. La dilución del extremismo tiene ahí una prueba que de seguro será clásica.

La democratización nunca llega como una marea tranquila: siempre trae tumbos inquietantes y peligrosos. Para el caso, la ola actual de destape de la corrupción no respeta fronteras ni se deja influir por las magnitudes del poder. Igualmente se levanta en un país como Brasil, potencia emergente, que se hace sentir en un país como El Salvador, que tiene tan poca significación comparativa. De seguro en esta época de nivelaciones inevitables se está gestando, sin necesidad de gestores intelectuales, la nueva doctrina práctica del realismo razonable, que a nadie entusiasma pero que todos tienen que ir asimilando por obra de las circunstancias, que son en definitiva las que se imponen siempre.

Se va gestando un humanismo democratizador que es alérgico a toda fantasía radical. Esto debe ser reconocido como el más prometedor signo de los tiempos. Vivimos entre multitud de amenazas y quebrantos de toda índole, pero lo que no hay que perder de vista –aquí y en la China, como antes se decía— es que la historia y la realidad parecen haber entrado en trabajo de armonía, que puede ser el mejor de los augurios de aquí en adelante. Veremos cómo viene lo que viene, porque nada vendrá sin riesgos ni demandas. Los tiempos exigen compromiso con su vitalidad evolutiva, y afortunadamente ya no hay artificiales salidas de escape.

Tags:

  • latinoamerica
  • revolucion cubana
  • modernizacion
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