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Corrupción: “pandemia” continental (II)

Alcances. Por las razones expuestas en la columna anterior, los casos de Lula y PPK pueden considerarse como emblemáticos. Sin embargo, este calificativo se relativiza cuando se pone en perspectiva el daño que los musculosos y largos tentáculos de Oderbrecht han causado en la región, aprisionando a países mediante el financiamiento de campañas electorales, del soborno directo a presidentes, altos funcionarios y aun a personajes oscuros que viven permanentemente de la política.

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Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Según investigaciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, esos tentáculos habían llegado a 12 países del continente entre 2003 y 2016. Los sobornos se estiman en $790 millones, donde en períodos diferentes destacan Brasil ($349), Venezuela, con Chávez ya en el poder ($98), República Dominicana ($92) y Panamá ($59), seguidos de cerca por Argentina y Ecuador. No se dispone de cifras del sobre precio pagado por las licitaciones públicas amañadas, ni de los recursos destinados a financiar campañas políticas (todavía no se hablaba del caso salvadoreño), pero a partir de las cantidades antes señaladas, en marzo de 2017, un juez federal le impuso a la constructora una multa equivalente a $2,600 millones, condenándola a devolver a los países las coimas detectadas. A juzgar por un reciente descubrimiento adicional en la Argentina, se puede inferir que estas se quedan cortas.

Pero ese tipo de ilícitos ni es nuevo, ni está confinado al involucramiento de países al sur del Río Grande. Ya en 2001, Andrés Oppenheimer en su libro “Ojos Vendados”, puso al desnudo escandalosos casos de corrupción en este último país, Colombia, México y Perú, entre otros. Ahí se involucra directamente a empresas estadounidenses como la IBM y al Citi Group; en este último caso por su participación “pasiva” al aceptar depósitos multimillonarios provenientes de recursos de dudosa procedencia. Las cifras involucradas se pierden en un mar de intrigas, actores y leguleyadas, propias de las “buenas familias”, donde normalmente imperaba el sagrado secreto bancario. Desde entonces, mucho ha cambiado, pero como el flagelo de la corrupción muta constantemente, se sigue extendiendo como una pandemia sin cura a la vista, especialmente a través de los paraísos fiscales. Los “Papeles de Panamá”, así lo ilustran, donde hasta nuestro pobre país aparece mencionado.

Obviamente, en los hechos, resulta difícil cuantificar los recursos comprometidos en la corrupción, dadas la diversidad de fuentes y categorías que la sustentan y, esto, más allá de cualquier ideología. Sin embargo, estudios recientes del FMI sugieren que una mejoría en los indicadores de corrupción del cuartil más bajo a la mediana podría elevar, a mediano plazo, el ingreso per cápita en aproximadamente $3,000, si la ley y la institucionalidad funcionaran más eficazmente. Un desafío más formidable es la medición de su costo. Sí hay certeza de que el flagelo debilita el crecimiento, afecta la oferta y calidad de los servicios públicos y entorpece la distribución más equitativa del ingreso nacional. Cada vez más, también se enfatiza en el efecto negativo que ha tenido en las reformas de libre mercado y en el daño que le causa a la misma democracia. No es casual que el país más corrupto de América Latina, según Transparencia Internacional, sea Venezuela. Por algo será.

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