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Corrupción y despilfarro: ¿quién los detiene?

A los salvadoreños ya casi nada nos sorprende. En esta suerte de inmovilismo social, la corrupción en el sector público se considera como parte de esa vida azarosa que aceptamos como buenos estoicos.
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Pero cuando alguien como la señora embajadora de los Estados Unidos se ocupa del tema, el caso adquiere otra dimensión, porque lacera nuestra identidad nacional. LPG destacó unas palabras lapidarias de la señora Manes que deberían estremecer la conciencia colectiva: “¿Por qué algunas personas no quieren combatir la corrupción? (...) Porque son corruptos... es cuestión de sentido común”.

Supongo que al expresarse de esa manera, estaba pensando en que hasta buena parte de la ayuda que nos brinda su país podría tener como destino los bolsillos de unos malos salvadoreños, sean funcionarios y empleados públicos o agentes privados. Y aun cuando el mensaje ya se esté escuchando en los pasillos de la Casa Blanca, seguramente será ignorado por nosotros, como es nuestra costumbre, no importa las consecuencias que ello pudiera tener. Y no es que el país sea el único asediado por ese cáncer social. Aquí en el vecindario se han empezado a descubrir –y a perseguir– casos grotescos, para no hablar de esos gigantescos malos manejos que se han descubierto en Brasil y la Argentina, cuando fueron dirigidos por gobiernos populistas. Cualquier semejanza es pura coincidencia. El problema nuestro se magnifica, porque fiscalmente estamos muy comprometidos y los bienes y servicios públicos, van de mal en peor. Es este escenario donde la corrupción ha encontrado excelentes compañeros de viaje: el despilfarro y la opulencia.

En todo esto hay que darles el crédito que merecen los medios de comunicación, los que ante el pobre o nulo trabajo que realizan las entidades de velar por el uso eficiente y transparente de los recursos públicos, han desenmascarado casos que en otras circunstancias hubieran pasado inadvertidos. Probablemente aquí se encuentre una explicación al intento del partido gobernante, acompañado de los mismos de siempre, de amordazar a los medios; algo semejante a lo que se pretender hacer restándole facultades a la Corte Suprema de Justicia, con dedicatoria expresa a la SC. Pero el problema se torna más complejo, cuando los supuestos guardianes de la cosa pública participan en el festín, lo que inevitablemente lleva a preguntarse: ¿Quién controla a quién?

¿Tendrá, por ejemplo, la Asamblea Legislativa las credenciales suficientes para vigilar y promover las acciones pertinentes por el mal uso le da a los recursos en otras entidades como la propia Corte de Cuentas; cuando el mismo congreso se lleva las palmas por dilapidar el dinero en una abultada burocracia ociosa, los numerosos viajes de los diputados que no le reportan ningún beneficio el país, los regalos y bonos a cuenta de qué, las comilonas y hasta la adquisición de un sofisticado sistema de votación que cuesta medio millón de dólares. Lo único rescatable en esta reprochable decisión es que conoceremos por sus rostros a todos aquellos diputados que nunca han dicho esta boca es mía y en general a todos aquellos que se comportan o se visten de una forma que no compagina con los estándares que demanda su investidura.

Dada la frecuencia, generalización y la impunidad que han privado en el pasado en los casos de corrupción, no faltará un mal pensado que asocie este comportamiento procaz a la entronización progresiva de una práctica de “dejar hacer, dejar pasar”. Esto, por aquello de que si los otros lo hicieron, por qué no nosotros, eludiendo irresponsablemente los cuadros de miseria que nos rodean. Puede ser una malversación, o como quiera llamarse al emblemático caso de El Chaparral, o a una “trivialidad” como unas copas de vino; pero estos y cualquier otro ilícito tienen un enorme costo de oportunidad, que se revierte en forma exponencial contra los más pobres.

En todo caso, tampoco pueden obviarse las primeras señales de cambio que se observan hoy en día en el Ministerio Público, aunque evidentemente necesita un ayudita externa. La pregunta es: ¿Tomaremos en serio el mensaje de la señora embajadora, cuando muchos tienen la cola pateada?

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