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Cosas buenas pasan en los funerales

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Cosas buenas pasan en los funerales

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAEl funeral con honores de exjefe de estado, que el día de ayer recibió el expresidente Armando Calderón Sol, fue un momento mágico para recuperar la esperanza de que un verdadero diálogo es posible en nuestra amada patria. Al recorrer su trayectoria personal, familiar y de servidor público a través de las sentidas palabras del panegírico brindadas por su vicepresidente don Enrique Borgo y su hijo mayor, pudimos recordar a un hombre que supo ser amigo y líder de su equipo; que amo profundamente a su esposa, sus hijos, su familia y su pueblo; que permitió que su fe cristiana le influyera una sensibilidad social por los más necesitados de tal forma que utilizo el poder y la autoridad para ayudarles, acompañado de doña Ely, dando iniciativas de ley y acciones para fortalecer la institución familiar y la verdadera equidad de género.

El diálogo no es fácil, sin embargo, don Armando nos dio ejemplo de actitud de escucha tan necesaria para entenderse con el interlocutor, sin perder los propios principios. Es crucial tener en cuenta al intentar dialogar, en el hogar, la empresa, el equipo o en un entorno político, que el diálogo parte del respeto y aceptación de la contraparte, pero no se espera que la propia identidad sea negociable. Y cuando estamos hablando de la identidad de un país, estamos hablando del principio del amor a la patria por encima de todo. Esa es la identidad y desde allí se dialoga. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. Dialogar es una necesidad humana que presupone la construcción de confianza, que a su vez se asienta en dos conductas éticas fundamentales: la consciencia y la prudencia. La conciencia es precisamente la inteligencia que juzga la moralidad de una acción, y la prudencia es el arte de obrar correctamente una vez que la conciencia ha dado luz verde. (parafraseando a José Ramón Ayllón)

El papa Francisco dice: “El diálogo presupone, exige, buscar la cultura del encuentro, llamada así porque sabe reconocer que la diversidad no solo es buena: es necesario. La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad por lo que el punto de partida no puede ser: voy a dialogar, pero aquel está equivocado. El diálogo es para el bien común y el bien común se busca desde nuestras diferencias dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas. Implica buscar algo nuevo. ¿Hay diferencias? quedan a un costado, en la reserva, pero en ese punto en que nos pusimos de acuerdo, nos comprometemos y lo defendemos. Esto ya es un paso adelante: se camina hacia la cultura del encuentro”.

Durante toda la semana, personas procedentes de diferente condición socioeconómica, bandera política y origen cultural manifestaron aprecio por la persona y cualidades conciliadoras de don Armando. Durante la misa y como parte del ceremonial de estado, se le entrego el pabellón nacional y el bastón de mando a su viuda. Y pensé en ese momento: los funerales siempre traen cosas buenas, entre ellas el perdón y la reconciliación. Tuve el privilegio de conocer a la familia Calderón Aguirre cuando era una joven profesora de 23 años de catecismo que preparaba niños y niñas para la primera comunión. Pude constatar que la fe cristiana era una fuerza verdadera para educar el carácter de sus hijos y que guio los pasos en las decisiones personales y de estado del presidente Armando Calderón Sol. En su memoria, unámonos a crear un ambiente de respeto que contrarresta la polarización. Realmente se muere como se vive. Descanse en paz, don Armando.

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