Criptocolonialismos

Aunque con un gobierno tan proclive al oropel y a los anuncios rocambolescos bien puede que lo que les ha ofrecido Bukele, a cambio de los fondos que no puede conseguir en los mercados regulares, sea solo algo parecido a la ínsula Barataria.

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Ernesto Mejía - Subjefe de Información de LA PRENSA GRÁFICA

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Ya sea que se trate de La República de Platón; de la Utopía, de Tomás Moro; de La Ciudad del Sol, de Tommaso Campanella; de la Nueva Atlántida, de Francis Bacon; o de El nuevo mundo moral, de Robert Owen, el pensamiento utópico que estuvo a la base de dichas obras fue el resultado de épocas marcadas por graves crisis sociales y políticas.

Concebidas en ambientes convulsos, sus autores pretendieron a la vez elevar una crítica a las condiciones existentes de su tiempo como avanzar propuestas de nuevos sistemas que condujeran a los seres humanos a ordenamientos perfectos y justos donde los conflictos quedarían por fin atrás y la vida transcurriría en completa armonía.

Imbuidos de ese espíritu, aunque más guiados por el entusiasmo que por una verdadera teoría articulada, un grupo de millonarios, especuladores, programadores y apasionados de las tecnologías se ha dedicado en los últimos años a propagar la idea de que ese mundo ideal que han perseguido las utopías sería realizable a través del poder emancipador de las criptomonedas, así como de la cadena de bloques, la plataforma tecnológica que soporta su uso.

De acuerdo con estos profetas, esa tecnología que habilita transacciones financieras seguras sin la necesidad de intermediarios –deudora también de una época de grandes trastornos, pues comenzó a popularizarse en el marco de la crisis financiera de 2008– permitiría además de los usos ya conocidos en las divisas, otra infinidad de aplicaciones que estarían basadas en esa misma colaboración digital entre individuos que vuelve irrelevante la existencia de cualquier autoridad centralizada.

Usos que irían desde expedir contratos y almacenar historiales médicos, hasta realizar elecciones y emitir documentos de identidad.

Con ello, aventuran, la humanidad se libraría no solo de los bancos centrales, responsables según ellos de las continuas crisis mundiales, sino de esos gigantescos instrumentos de opresión que son los Estados.

En el proceso de construcción de ese nuevo mundo, prometen incrementar la libertad económica, democratizar las finanzas y generar riqueza, con el añadido extra de desterrar cualquier tipo de corrupción, puesto que la información en la cadena de bloques es virtualmente inalterable, y por tanto transparente.

Guiados por esa visión, estos evangelizadores han tratado desde hace algún tiempo de edificar en la realidad esa supuesta utopía. Lo intentaron primero en Puerto Rico, en un proyecto que finalmente no cuajó, y ahora arengados por el presidente de nuestro país han encontrado una nueva oportunidad en la costa oriental del territorio.

Para ese experimento, Bukele les ha prometido, a cambio de sus inversiones, una ciudad de ensueño en la que no pagarían impuestos sobre la renta, ni sobre la propiedad ni sobre las ganancias, y cuya construcción rondaría los $16,000 millones. Para sufragar parte de su infraestructura, el gobierno ha anunciado la emisión de bonos en bitcóin. Pero los detalles de cómo se financiará ese despropósito son tan oscuros que, aunque se afirme lo contrario, todo hace presagiar que lo terminaremos pagando los contribuyentes.

De finalmente consumarse el asunto, lo que tendríamos no sería la concreción de una utopía generadora de un orden nuevo tendiente al mayor bienestar de la humanidad, como al que aspiraban los ejemplos citados al principio, sino una suerte de enclave colonial. Un reducto en el que estos criptoevangelizadores, a los que no pocas voces han señalado de tener como únicos intereses el volverse más ricos, evitar el pago de impuestos y evadir los controles regulatorios, podrán sacar provecho de la tierra y de los recursos, al tiempo que gozan de concesiones y privilegios negados para el resto de salvadoreños.

Aunque con un gobierno tan proclive al oropel y a los anuncios rocambolescos bien puede que lo que les ha ofrecido Bukele, a cambio de los fondos que no puede conseguir en los mercados regulares, sea solo algo parecido a la ínsula Barataria, esa isla inventada cuya gobernación tantas veces a lo largo de la obra de Cervantes, Don Quijote le promete a Sancho Panza. No una utopía, en fin, sino un territorio imaginario, producto de una mente alucinada. Un invento que cuando al fin se materializa no pasa de ser más que una farsa, una broma de mal gusto.

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Tags:

  • criptocolonialismos
  • Bukele
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