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Crisis de hegemonías

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David Hernández / Escritor

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El estado actual de los partidos refleja una aguda crisis de hegemonías en los dos principales institutos políticos, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y Alianza Republicana Nacionalista (ARENA). Ante ello surge el vacío ideológico de la ciudadanía que, sin norte político, termina aferrada a cualquier alternativa por muy absurda que sea, bajo la creencia de que cualquier otra opción no puede ser peor que las ya conocidas.

Fue Niccolo Macchiavelli, el iluminado del Renacimiento, quien con "Il Principe" dio origen a la política moderna y a la teoría del Estado; el príncipe contemporáneo representa una colectividad, un partido político. El italiano Antonio Gramsci toma la figura del político como una metáfora bifronte mitad bestia, mitad humana, simbolizada en el Centauro, cuya doble naturaleza contiene fuerza y consenso, autoridad y hegemonía, táctica y estrategia. Cuando el príncipe maquiavélico entra en crisis, es como si su carne y musculatura cayeran destrozadas como un hombre que ha perdido su alma. Las derivas surgidas de tal fenómeno pueden ser sorprendentes, como lo fue la llegada de los nazis al poder en Alemania en 1933 o, recientemente, el triunfo de Bolsonaro en Brasil.

El Salvador ya vivió estas crisis de hegemonías. Una de ellas fue la de 1979, cuando el sistema de partidos políticos y la dictadura militar entraron en un callejón sin salida. Pero tanto la derecha como la izquierda tenían alternativas coherentes para afrontar dicha crisis, cuyo resultado fue la guerra fratricida entre el FMLN y la derecha ultraconservadora, que culminó con los Acuerdos de Paz de 1992. Terminó la guerra con unos acuerdos que permitieron al FMLN pasar al parlamentarismo, pero los principales problemas de nación, incluidos la desigual distribución de la riqueza y los grandes abismos entre élites plutocráticas y masas paupérrimas, siguen existiendo.

Hoy la derecha salvadoreña está partida como un espejo quebrado, reflejo de ello es la contradicción que aún persiste entre los dos candidatos presidenciales que compitieron en las internas de ARENA. Lo mismo sucede con el FMLN, cuyo sector aperturista, luego de la debacle del 4-M que le costó 400,000 votos, logró derrotar al candidato impuesto por la cúpula, pero muchas de sus estructuras siguen siendo manipuladas por los mismos rostros repudiados del sector conservador.

Algo inédito es la articulación de nuevos grupos económicos que no encuentran cabida en los dos principales institutos políticos que han logrado formar la variopinta coalición Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA)-Nuevas Ideas (NI)-Cambio Democrático (CD).

Por no ser prisioneros de la corruptela de pasados gobiernos buena parte de la población se ha volcado dándoles el beneficio de la duda. Ni derecha ni izquierda tienen respuesta para sus crisis internas como en 1979.

Algo que nadie ha querido abordar es el gran peligro de cientos de miles de miembros de maras y familiares, organizados cuasi militarmente y con suficiente base popular, que podrían llenar un real vacío de poder en el próximo futuro.

Ante ello, se hace necesario un consenso de nación que comprometa a todas las fuerzas políticas a formar un gobierno de unidad nacional, sea quien sea el ganador de las próximas presidenciales.

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