Crisis histórica y desafíos ciudadanos

Solo un nuevo liderazgo para la transformación nacional logrará enfrentar y superar la crisis histórica en que nos debatimos.
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Coincide un cuarto de siglo de los Acuerdos de Paz con la tormenta perfecta que ahora vive El Salvador: crisis social y de seguridad liderando la tasa de homicidios a nivel mundial, estancamiento económico prolongado con limitaciones estructurales para la inversión y el crecimiento sostenible, alto endeudamiento e insostenibilidad fiscal, problemas medioambientales crecientes e instituciones públicas agotadas. Estos problemas acumulados se agravan por la incapacidad y corrupción del sistema político-partidario, por la debilidad ética y la desconfianza generalizada, por la ausencia de pensamiento estratégico y por los obstáculos diversos para el surgimiento de un nuevo liderazgo nacional para enfrentar semejante crisis multidimensional. La crisis de El Salvador –sistémica, estructural, y hegemónica– es una crisis histórica cuya superación debe ser liderada por ciudadanos de gran talante ético y democrático con cabezas bien amuebladas, y por una lúcida y comprometida acción ciudadana.

Por crisis de hegemonía entendemos “una situación política en la cual ninguno de los grupos que actúan en el sistema es capaz de imponer a los demás una hegemonía consensuada. Es un conflicto político interminable y pendular, del cual no surge ninguna autoridad estable” (Arnoletto, E.J.: Glosario de Conceptos Políticos Usuales, Ed. EUMEDNET 2007).

En El Salvador de hoy ninguno de los dos principales bloques político-económicos confrontados tiene capacidad de enfrentar la situación actual y crear un proyecto viable de futuro, logrando romper el equilibrio inestable y sentar las bases de creación de una nueva hegemonía con autoridad estable y progreso social. Pero tampoco sus liderazgos parecieran dispuestos al logro de consensos y acuerdos mínimos para administrar mejor la crisis y enfrentar con mayor éxito la criminalidad, la postración económica y social, y la ausencia de futuro. Las limitaciones que les son propias, sus profundas divergencias políticas e ideológicas y sus cálculos electorales (2018-19) lo impiden. No hay solución si no se impulsa un nuevo proyecto de transformación nacional que cree oportunidades y futuro, con un nuevo bloque histórico, nueva hegemonía, y nueva clase dirigente.

Mientras se impulsa esa tarea estratégica prioritaria, cada vez más ciudadanos denuncian las licitaciones amañadas, el tráfico de influencias y la corrupción, presionando para llevar a la justicia a los responsables; denuncian los pactos con las pandillas y presionan por planes efectivos para derrotar la criminalidad y la delincuencia; denuncian la infiltración del narcotráfico y de la corrupción en las dirigencias de los partidos políticos y del Estado mismo; luchan por la contención del gasto innecesario y el endeudamiento público acelerado que hipoteca el futuro; presionan por el suministro de agua en sus comunidades; exigen mejor servicio en los hospitales, el abastecimiento de medicamentos, y la calidad de la enseñanza y las instalaciones donde estudian sus hijos, y mucho más.

Pero la economía solo crea ocho mil nuevos empleos (de los cuales muy pocos empleos decentes) mientras 60 mil jóvenes ingresan anualmente al mercado de trabajo, quedándoles por opción irse a las pandillas o emigrar a Estados Unidos; el déficit fiscal se mantiene en 4 % del PIB porque este último no crece suficiente para reducirlo y porque la evasión y elusión son demasiados grandes, generando insuficientes ingresos fiscales; porque no alcanzan los recursos para financiar lo que ya existe en educación y salud pública, menos para dar el salto que necesitan y enfrentar la desintegración social y el deterioro medioambiental.

Si la economía y la política de un cuarto de siglo de posguerra están agotadas, la tarea primordial no es seguir administrando el pasado y el presente, sino crear futuro transformándolos, insertándonos cada vez competitivamente en la economía y política regional y global, formando más y mejores profesores y más actualizadas currículas y metodologías para la educación que requiere el siglo XXI, creando las estructuras horizontales de información, cooperación y concertación para la efectiva gestión pública y su relación constructiva con el sector privado. Esto conlleva un profundo cambio de visión y actitud que no encontramos en las generaciones que quedaron clavadas en la confrontación de la guerra fría y en la sangrienta guerra nuestra, en las economías cerradas, y en los viejos paradigmas del siglo XX.

Además de hacer lo que ya se hace y tratar de hacerlo cada vez mejor denunciando y conteniendo los desmanes de un sistema político corrupto e incapaz, la principal tarea estratégica ciudadana es contribuir al surgimiento de nuevos liderazgos para la transformación nacional, una nueva clase dirigente con la visión y destrezas para construir el futuro y darle viabilidad a la nación, con gente honesta y preparada en los partidos políticos y en las instituciones públicas.

Esto conlleva entender el profundo cambio de época en que está inmersa la humanidad, los requerimientos del desempeño público y privado en el mundo globalizado y competitivo de hoy, el rezago y las brechas que nos dejaron este cuarto de siglo de posguerra en la Centroamérica del norte cada vez más rezagada de la del sur, la creación de confianza para potenciar la inversión privada, y cómo se trabaja para la cooperación no para la confrontación.

Solo un nuevo liderazgo para la transformación nacional logrará enfrentar y superar la crisis histórica en que nos debatimos.

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  • acuerdos de paz
  • inseguridad
  • insostenibilidad fiscal
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