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¿Cuál propósito?

Existimos para concretar los planes del Señor en la tierra, y para ello Él concibió un propósito para cada uno, repartiéndonos con ello capacidades para poder realizarlo.
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Este propósito fue depositado dentro de nosotros como una semilla, y si somos cuidadosos, constataremos que muchas circunstancias de nuestra vida nos dirigen de manera sutil a realizarlo: “Muchos planes hay en el pensamiento del hombre, pero mi propósito prevalecerá” (Prov. 19.21).

Es aquí en la tierra donde ejercemos esa misión, es por ello que la oración que Jesús enseñó a sus discípulos dice: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Así, conocer nuestro propósito y trabajar en él es lo que realmente dará sentido a nuestras vidas, en otras palabras, para sentirnos satisfechos es indispensable entender nuestra misión, y realizarla en este mundo!

Esta misión o gobierno se ejerce en lo material y en lo espiritual, pues la intención del Señor cuando puso a Adán y Eva en el Jardín de Edén fue, además de cultivarlo y cuidarlo, que El Espíritu que prevalecía ahí, es decir, su Presencia, su Luz y su Verdad entre otras, fuera esparcido sobre la faz de la Tierra. Así lo dice el profeta Isaías: “La Tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar” (Is. 11.9). Esta es la razón por la cual el ser humano, al igual que Jesucristo, fue provisto de ambas naturalezas.

Siendo esto así, no existen trabajos más nobles que otros, lo más importante es descubrir nuestro propósito, identificar nuestros dones o capacidades, y a partir de ahí, iniciar la lucha para hacer realidad nuestro sueño, nuestra visión. Todo este proceso va produciendo pasión, esta pasión contagia a otros alrededor nuestro, y esto produce el verdadero liderazgo.

Entender que nuestro propósito fue concebido por el Señor para realizarse aquí en la Tierra va en contra de lo que nos enseña generalmente la religiosidad tradicional, que establece como propósito fundamental el irse al cielo, y lo que pasa aquí en la Tierra no tiene nada que ver con Dios. Como resultado tenemos en nuestro país una población que se declara 90 % cristiana, muchos de ellos se congregan en sus templos varias veces por semana, pero vemos muy poca incidencia social.

Esta cultura religiosa que nos invita a evitar y despreciar este mundo por esperar el venidero se originó desde la construcción de La Torre de Babel. Los hombres de la época buscaban irse al cielo y hacerse un nombre, desatendiendo con ello la misión fundamental que les fue encomendada que era, y sigue siendo el administrar con ingenio la creación del Señor. Estos hombres dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (Ge.11.4).

La búsqueda y realización de nuestro propósito a través de una visión es el camino que nos realizará como personas y que tendrá una real incidencia social. Solo de esta forma, podremos convertir nuestra tierra en un lugar de prosperidad, donde ya no se alabe al mejor hablador, y donde no prevalezca la dominación de unos sobre otros. Un lugar donde cada uno tenga la posibilidad de hacer realidad su sueño, crecer como ser humano, realizar un real aporte social e ir glorificando al Señor con ello.

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