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¿Cuál será su nombre?

Paco no lo puede creer, su primer hijo podría solo vivir unos meses, días, minutos o segundos.
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Una extraña situación en su desarrollo embrionario dentro del oscuro vientre de su joven madre amenaza su vida. Pero no ha dejado de luchar a sus cortos seis meses, su corazón late, sus movimientos son tiernos y bruscos cuando se sobresalta.

Es bromista, ya casi alcanza los 7 meses y se niega a mostrar su sexo, todos mueren de curiosidad. En las noches su padre, Paco, un buen hombre de 28 años, le platica del mundo al que podría conocer brevemente o por muchos años, esa es una cuestión de fe que el joven matrimonio ha dejado en las manos de Dios, “cuya voluntad es mejor que nuestros deseos”, reflexiona en voz alta como que si quisiera que el cielo lo escuche.

Ella y él se conocieron en la adolescencia y se amaron hasta que un día de verano, con los pies descalzos y el mar como testigo, se casaron. Un cielo estrellado y la luna como lámpara adornaron su boda, caminaron en medio de las voces y los gritos de júbilo de gente vestida de blanco que llegaron de todos los rincones del mundo. El barco de dos que ahora eran uno zarpaba hacia el bravo y al mismo tiempo apacible mar de la vida.

Ahora viven un momento difícil en el océano de la vida donde las personas, como ellos, enfrentan día a día problemas de salud, desempleo, hijos desaparecidos, familiares que nunca volvieron a casa porque la muerte les sorprendió, depresiones, sueños rotos y muchas circunstancias adversas que hacen de los seres humanos dos tipos de personas: las que con fe van de frente a la situación y las que ni siquiera intentarán mostrarse parte en la batalla.

El primer día que a Paco y a su esposa les dijeron que había problemas y que el pronóstico era reservado sobre el embarazo, la noche no tuvo fin. Ese día se acostaron y ninguno de los tres durmió. Afuera una lluvia continua mojaba las calles y el nido también se humedeció por un temporal de lágrimas.

Casi tres meses han pasado desde aquella noche oscura y triste. Recientemente les encontré y todo parece ir bien. Ella usa sus batas normales de alguien que tiene casi 7 meses de embarazo, le habla a su bebé, come por dos y piensan en nombres. Él sigue su vida, trabaja con chicos que quieren realizar sus sueños en medio de la adversidad, les ayuda, les habla de lo duro del mundo; como lo hace con su hijo todas las noches, ese que aún no quiere que sepan si es niño o niña.

Entonces surge la lección en dos preguntas: ¿Qué les han dicho? Lo mismo, no se sabe cuánto podrá vivir, pero lo cierto es que vive, se desarrolla y está allí, un ser humano que lucha por la vida y “nosotros así le amamos”, me dicen seguros de que la última palabra la tiene el verdadero creador de esa criatura: Dios.

Entonces, contagiado de su fe y su actitud frente a las circunstancias, pregunto: ¿Cuál será su nombre? Siempre será nuestro Santiago o nuestra Francesca, cualquiera que sea la situación que al nacer se configure. Y es que la noche de verano que zarparon sabían que el mar de la vida a veces es bravo y otras apacible, y esta es una marea alta, “pero sabemos que el viaje no ha terminado hasta que el Maestro haga el milagro que crea pertinente”, me dice Paco, mientras abraza a su esposa y los tres miran las estrellas y la luna como lámpara, igual que la noche que se casaron.
 

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