¿Cuáles deberían ser las tareas iniciales del gobernante que llegará en junio de 2019?

Pongámonos en perspectiva, y hagamos de cuenta que estamos amaneciendo el 1 de junio de 2019, cuando se realizará la investidura presidencial. Concluyen las ceremonias y el nuevo Presidente debe empezar a actuar.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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En los regímenes presidencialistas, como evidentemente es el nuestro, la figura presidencial encarna siempre un protagonismo de alto relieve. Dicho protagonismo ya se espera como una expresión natural de la función que va a ejercerse, y por eso las personalidades que se hacen sentir como tales reciben con facilidad el beneplácito ciudadano, y en cambio los que asumen el cargo con timidez o con reservas casi siempre son recibidos con poco entusiasmo. Sin embargo, en la medida que la ciudadanía va haciéndose más consciente del respectivo rol que les toca jugar tanto a esa misma ciudadanía como sujeto básico de la vida política como a aquellos que son elegidos representantes para liderar la conducción nacional, va ganando terreno una percepción más analítica y menos emocional del desempeño correspondiente.

Por derivación de la forma en que se ha venido dando históricamente el quehacer de la política en el país, los salvadoreños hemos sido muy generosos y complacientes a la hora de evaluar a los gobernantes de turno; y las encuestas sucesivas así lo ponen de manifiesto. Resulta curioso entonces que las evaluaciones ciudadanas del comportamiento presidencial en funciones hayan ido bajando de nivel, lo cual puede interpretarse de varias maneras, según las causas por considerar. Puede ser que hubiera muchas expectativas producto de ofrecimientos poco realistas; puede ser que la personalidad del gobernante despierte poco entusiasmo; puede ser que la ciudadanía vaya haciéndose más analítica en términos generales; puede ser que esté creciendo la impaciencia por la falta de soluciones convincentes a los problemas que más aquejan...

Lo cierto es que al respecto hay mucha tela que cortar, y por consiguiente lo que le toque enfrentar y vivir al próximo gobernante será sin duda más complicado que lo que se ha tenido hasta la fecha. Y por ello la tarea selectiva por parte de las fuerzas políticas en competencia y la decisión ciudadana en las urnas tienen que partir de argumentos sólidos y no de simpatías momentáneas, de fidelidades orgánicas ni de componendas artificiosas.

Pongámonos en perspectiva, y hagamos de cuenta que estamos amaneciendo el 1 de junio de 2019, cuando se realizará la investidura presidencial. Concluyen las ceremonias y el nuevo Presidente debe empezar a actuar. Especulativamente se puede hacer una especie de agenda de entrada. Algunos puntos destacables: 1. Emprender de inmediato una relación constructiva con todos los actores nacionales, sin exclusiones de ninguna índole; 2. Poner en acción el calendario de sus iniciativas y medidas más importantes, calendario que debería haber sido precisado entre las ofertas de campaña, para no dejar nada a la buena de Dios; 3. Asumir liderazgo inequívoco en los temas más desafiantes y urgentes, como son el control efectivo de la inseguridad, la estimulación estratégica del crecimiento económico y la lucha contra la corrupción en todas sus formas; 4. Comprometerse de manera precisa a dar el ejemplo de la sana gestión, sometiéndose en forma concreta a los mecanismos de verificación que le den credibilidad al compromiso; 5. Definir de entrada los mecanismos de conexión con la ciudadanía, apartándose de lo mediático y conduciéndose hacia lo convivencial; 6. Entrar desde el primer instante en el replanteamiento tanto de la productividad como de la competitividad, en función de un país que se decide a salir de sus estancamientos y a potenciar sus oportunidades; 7. Entrar de lleno y sin evasivas de ninguna índole en la práctica de la austeridad bien administrada conforme a los requerimientos de la estabilidad y del progreso...

Es de entender que nada de lo anterior tendrá resultados absolutos en la fase inicial, pero también es de asumir que el nuevo gestor máximo de la conducción estatal necesitará establecer, desde el primer momento de su función como tal, las bases del buen gobierno, y eso sólo podrá lograrse a partir de señales que generen confianza bien afirmada. Por tradición, los aspirantes a ocupar tal posición se quedan satisfechos con el triunfo en las urnas y se desentienden de pasar a una nueva etapa de consolidación de apoyos ciudadanos por efecto de la gestión misma. Hoy ya no basta con ganar, porque cada vez hay más requerimientos de eficiencia y de credibilidad en el desempeño, como se percibe de tantas formas en el ambiente.

Sobre todo cuando hay expectativas tan abiertas y desafiantes como las que imperan en el ámbito de la próxima gestión presidencial, todos tenemos que estar muy atentos a lo que se diga, a lo que se proponga y a lo que avizore. Es un momento en verdad crucial.

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