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Cuando $495 son todo y nada

María me recibió con una sonrisa, eran las 9 de la mañana y no le tocaba atenderme, pero estaba libre así que se ofreció.
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Yo normalmente me pongo a leer, pero ayer, no sé por qué razón, comencé a charlar con ella. Me contó que su hija había sufrido un pequeño accidente en un pie y ella lo había curado. Me dio curiosidad preguntarle cuántos años tenía su hija y me dijo que 18. Mi siguiente pregunta es si ella seguiría estudiando en la universidad. Y me dijo que esa era la intención, pero que habían tenido un año difícil y estaban con muchas deudas, por lo que ahorita no se podía.

Resulta que María perdió a su esposo hace apenas tres semanas. Había sobrevivido a un cáncer, pero el zika que golpeó su cuerpo le trajo síntomas nuevos y el descubrimiento de otro tumor. Ochos meses entre el hospital hasta que murió. Tiene tres hijos. Uno trabaja y justo él se subió un día al techo, hace 11 o 12 días, y se cayó. Se quebró un brazo.

—Las cosas no vienen solas –me dijo.

Lo llevaron al Rosales y allí sigue. No lo operan para pegarle el hueso porque el hospital NO tiene clavos para hacer la unión. Le dieron un papel en el que le indicaron que deben comprarlo ella por su cuenta, porque el hospital no puede facilitárselo.

Hace un par de días representantes del Gobierno le dijeron a los ciudadanos que tienen que poner su cuota de sacrificio (en alusión al 13 % de aumento a la factura de la energía eléctrica). María claramente lleva varios meses de sacrificio. Debe mucho dinero que prestó para ayudar a su esposo ahora fallecido. Intenta ahorrar lo que cuesta el clavo: $495. Es decir, casi dos veces su salario. Pese a todo ya tiene ahorrada una parte. Los vecinos, en las mismas condiciones económicas que su familia, han hecho una colecta.

El hospital no le da más razones. De hecho ni siquiera fue capaz de avisarle cuando su esposo falleció. Quien le avisó fue una funeraria que llegó hasta la puerta de su casa, tocó la puerta y le dijo a su hija que su papá había muerto ese día a las 5:30 de la mañana. Esa es una práctica espantosa que debería erradicarse y castigarse y es otro claro ejemplo de corrupción.

No he podido quitarme la historia de María de la cabeza, de quien utilizo un nombre ficticio porque ella no quiere hacer ruido. No quiere una nota de denuncia porque teme represalias contra su hijo que sigue ingresado y teme que un día le pidan la cama para otro paciente porque el clavo no llega. No quiere denuncia porque dice que la gente puede pensar que está pidiendo dinero y a ella no le gusta pedir.

Veo y leo a nuestros funcionarios desde sus pedestales y en contraste escucho a María, quien no sabía que yo era periodista, por lo que no estaba intentando convencerme de nada. Y ese contraste me indigna aún más. Ella está convencida que pronto juntará los $495 para el clavo de su hijo. Ese hijo que había conseguido un trabajo el día del accidente y que ya no pudo tomar.

Esos $495 caben miles de veces en el presupuesto que la Asamblea tiene para los almuerzos de los diputados, para sus viajes, para sus carros, para sus cambios de rótulos led. Caben miles de veces en los $232,000 que CEPA gastó en licor y comida y caben miles de veces en los $51,500 que la Corte de Cuentas pagó solo este año para refrigerios.

El caso de María en el Rosales no es el único. Muchos esperan un clavo, una operación, una medicina, una cama.

Los funcionarios deberían hablar más a menudo con su entorno, para conocer la realidad en la que viven y no andar diseñando realidades que no existen. Y no, María no tiene por qué ser quien se sacrifique.

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