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Cuando abandonamos el centro histórico de San Salvador nos hicimos cómplices de una depredación sin precedentes

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Cuando abandonamos el centro histórico de San Salvador nos hicimos cómplices de una depredación sin precedentes

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Las ciudades tienen su historia y su destino, muy vinculados desde luego a las historias y los destinos de sus habitantes sucesivos. San Salvador es el centro del país, con vocación de capital desde siempre, aunque en algunos breves momentos la capitalidad haya emigrado circunstancialmente. Aquí se dio el Primer Grito de Independencia, el 5 de noviembre de 1811, cuando el Padre Delgado hizo sonar arrebatadamente la campana de la Iglesia de La Merced, aunque muchos historiadores quieran convencernos de que no fue así; aquí se escenificó el capítulo final de la dictadura martinista en 1944, con una Huelga de Brazos Caídos que es uno de los momentos estelares de la ejemplaridad ciudadana; aquí nacieron nuestras Constituciones, en particular las de 1886 y 1950, que tanto han significado en nuestro devenir histórico y político; aquí se centraron los esfuerzos oficiales para darle fin al conflicto bélico de los años 80 del pasado siglo; y así podríamos seguir enumerando la ruta viva del “aquí”...

Los que tuvimos la suerte de vivir en el San Salvador de los años 50 y 60 del pasado siglo podemos rememorar aquellas experiencias realmente inolvidables. Mi abuela materna, que me tenía en su casa con entrañable cuidado, era andariega por naturaleza. Como profesora de inglés daba clases en muchos colegios e institutos, y yo la acompañaba muchas veces en sus recorridos urbanos. Por mi parte, desde la edad más temprana yo acudía solo a los cines de la época –el Principal, el Nacional, el Popular, el Apolo, el América, el Follies...– Uno podía desplazarse sin ningún riesgo por calles, avenidas y parques, como si lo hiciera por su casa. Con mi abuela íbamos frecuentemente al mercado Emporium, a los almacenes céntricos como el Almacén Papini, el Almacén El Siglo y el Almacén Liverpool, al Campo de Marte, a la Librería Ercilla, a la Librería Ibérica, a la Librería Caminos, a la Iglesia de San José, a la Iglesia de San Francisco... Y en las cercanías de Navidad era obligado recorrer vitrinas, como en una peregrinación gustosa...

Pero vendrían tiempos cada vez más difíciles. Allá en los años 70 fueron apareciendo signos de gran tormenta próxima. Y entonces, cuando los disturbios hicieron presencia casi cotidiana en las calles y en los espacios tradicionales de la ciudad, el éxodo hacia los alrededores se intensificó. Las áreas habitacionales y las zonas comerciales también emigraban. El Centro iba quedando cada vez más abandonado, y las edificaciones emblemáticas de otras épocas empezaron a parecer presencias fantasmales. Luego vino la guerra, que fue más rural que urbana, pero que hizo estragos en todas partes. Más de diez años de conflicto en el terreno, que se hacían interminables, hasta que hubo que cerrar el capítulo sin la victoria de nadie pero con el alivio de todos.

Hubo, desde luego, pérdidas irreparables; y una de ellas fue el deterioro galopante del Centro Histórico de la capital, que ha venido vegetando desde entonces. Las ciudades que preservan y cuidan su identidad en el tiempo siempre resguardan sus herencias más distintivas. Y qué grato es hacerlo y vivirlo. En ese sentido, los habitantes de San Salvador padecemos una especie de orfandad ciudadana, que marca nuestro hoy y de seguro marcará nuestro devenir.

Esta experiencia de pérdida debería servir para que los salvadoreños nos hagamos conscientes de que la valoración de lo propio es, emocionalmente, la carta de ciudadanía de nuestra identidad. Hay muchas cosas por corregir y por transformar, pero también hay muchas cosas por conservar y por rescatar. Lo propio nos da sentido de pertenencia y, por consiguiente, nos provee el arraigo necesario para sentirnos seres con destino, que es lo que verdaderamente somos.

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