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Cuando la esperanza se va acabando

Según la mitología grecolatina, a Epimeteo y Pandora, los primeros humanos, Zeus les obsequió una lujosísima caja, ordenándoles no abrirla nunca; pero al desobedecerle, según una de las dos versiones conocidas, salieron de ella todos los dones (la otra adaptación habla de males) quedando únicamente la esperanza, para consuelo de los humanos. De ahí se desprende la frase que "la esperanza es lo último que muere".

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José Miguel Fortín Magaña

José Miguel Fortín Magaña

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El problema de las sociedades hijas de nuestro tiempo es que delante de la neobarbarie en la que vivimos, en donde a lo malo se le ha dado en llamar como bueno; y a lo indebido, como conveniente, la humanidad tiende a perder la esperanza; y se refugian en cualquiera que ofrezca una solución mágica al desastre social, pero al irse percatando de que la ilusión es vana, los más inteligentes irán alejándose del pseudomesías y los demás, los fanáticos y los convencidos por odio, se mantendrán fieles hasta el ridículo, en un culto absurdo a la figura, en donde todo lo que haga o diga el líder será aplaudido sin discusión ni censura.

Un excelente amigo mío, por lo demás, inteligente y valiente, ha caído en esa categoría de seguidor incondicional del presidente de la república, como muchos en nuestra Tierra; exactamente igual que como los hay en Gran Bretaña, en donde la voz de Johnson para una gran cantidad de personas es oída sin admitir crítica o cuestionamiento; o en los Estados Unidos, en donde los fieles del culto al presidente Trump no toleran a nadie que cuestione mínimamente las acciones de aquel mandatario. Ese es sin duda un signo de los tiempos, en donde la desesperanza condicionada por las malas acciones de los anteriores ha llevado a muchos a dejar de razonar y dejarse llevar por una corriente que puede terminar en un río de desgracias.

El otro día, cuando estaba en un programa de televisión, en uno de los pocos que se permite disentir de las políticas del gobernante de El Salvador, alguien preguntaba por qué del odio contra el presidente Bukele; la respuesta es simple: no hay odio; lo que hay es un preocupante recelo por el culto a la personalidad, de un hombre que está enamorado de sí mismo y que nos puede llevar al desastre, si no hay contrapesos en el ejercicio del Poder.

Evidentemente, por hoy somos la minoría en un mundo globalizado que ha perdido la esperanza para luchar por que lo correcto triunfe y que cree que la comodidad es sinónimo de corrección, por lo que se acepta que se persiga a los disidentes o se mate al prójimo, si estos son enemigos del régimen; siempre y cuando ese régimen sea de mi conveniencia; porque si es contrario a mis intereses, entonces le llamamos tiranía y gritamos desde nuestra silla, que lo que se hace en Venezuela o en Nicaragua está mal; y es cierto, ¡lo está!; y debemos denunciarlo; pero nunca a costa de olvidar señalar lo incorrecto en otros sitios, solo porque a nosotros nos resulta simpática la figura de tal o cual presidente o partido.

El planeta tiende a dividirse entre los que han perdido la esperanza; entre quienes la han encontrado en figuras con pies de barro y le siguen sin cuestionarlo nunca; y entre quienes seguimos creyendo que es nuestro deber decir siempre la verdad y luchar por que cuando muramos dejemos al mundo un poco mejor de como lo encontramos al nacer, Dios nos dé el valor para no callar jamás, por conveniencia.

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