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Cuando se agudiza la competencia electoral los ánimos tienden a saltarse la barda, y entonces hay que hacer todo lo necesario para que el sistema no sufra

Ni las dictaduras regresivas ni los estatismos revolucionarios pueden prosperar indefinidamente como siempre se lo proponen.

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Durante muchísimo tiempo, en El Salvador no hubo verdadera competencia electoral, aunque casi siempre se fingió que la había. Nunca tuvimos un régimen dictatorial que estuviera abiertamente establecido como tal, y lo más cerca que estuvimos de tenerlo fue cuando el General Maximiliano Hernández Martínez intentó perpetuarse en el poder. Pero ahí surgió un fenómeno que impidió el imperio de la dictadura: aquella Huelga de Brazos Caídos con la que la población frustró el anhelo martinista.

Desde entonces hasta la fecha, si bien ha habido grandes fallas en el manejo del poder, ningún empeño de permanencia ha logrado cuajar, y eso que hubo hasta un conflicto bélico interno para tratar de imponer una ideología como fórmula de vigencia indefinida para controlar todas las estructuras nacionales. No hubo victoria militar de nadie, lo cual –que fue providencial para el país– sólo pudo ser posible porque el pueblo salvadoreño así lo quiso. ¿Quién es entonces nuestro verdadero héroe? Este iluminado pueblo, que sigue luchando por sobrevivir dentro y fuera de nuestras fronteras.

Debajo de todas las inconsistencias que han caracterizado nuestro desenvolvimiento evolutivo, los salvadoreños hemos venido manteniendo una consistencia histórica que nos ha permitido avanzar sobre la cuerda floja con una seguridad que ni nosotros mismos acabamos de entender y mucho menos de valorar.

Como no teníamos experiencia realmente vivida en el plano de la competencia espontánea y saludable, las fuerzas políticas tradicionales tendieron a atrincherarse sin calcular las consecuencias de ello, hasta que el pueblo perdió la paciencia y les propinó un remezón sin precedentes en las pasadas elecciones presidenciales. Y esa no es una señal de simple impaciencia sino mucho más que eso: un mensaje válido para todos, aun para los que resultaron “victoriosos” en dicha prueba de recorrido. El mensaje de que debe haber exacta coherencia entre lo que quiere, busca y espera la gente y lo que hacen los que la representan en las distintas instancias y niveles del poder.

En este momento en que estamos, eso ya no se puede desconocer bajo ningún concepto con la impunidad que ha sido tradicional.

Lo que más debe importarnos a todos, independientemente de colores políticos y de posturas ideológicas, es que la estabilidad se mantenga dentro de la dinámica progresista que caracteriza al quehacer democrático en su auténtico sentido. Que el país no se mueva en ningún momento entre la pasividad y el arrebato, porque esas dos condiciones en ningún sentido conducen a buen fin, según lo demuestra la experiencia en todas partes.

Por eso es que ni las dictaduras regresivas ni los estatismos revolucionarios pueden prosperar indefinidamente como siempre se lo proponen. Ejemplos vivos de ello están a la mano.
Hoy estamos al borde de una competencia en las urnas electorales de la cual saldrán sin duda recomposiciones que traerán novedades, para lo inmediato y para lo futuro.

Lo más probable es que no sean novedades estrepitosas en ningún sentido, aunque cuando se está en fase de cambio proyectivo nada se puede dar por seguro. En este preciso momento, al hallarnos  en vísperas ansiosas, lo que sí hay que evitar es que las expectativas se desborden, para evitar que sufra el sistema, que ya tiene suficiente carga acumulada. El esfuerzo, entonces, debe orientarse hacia la preservación de lo constructivo, que es lo que más ha costado y sigue costando hacer valer en nuestro ambiente. Y el principal ejemplo de constructividad tiene que surgir en el campo político, porque es ahí donde más proliferan los impulsos caprichosos y las iniciativas irresponsables, como viene quedando cotidianamente patente en los hechos.

El manejo de la realidad constituye una tarea que tiene que ser asumida por todos los salvadoreños, sin distingos marginadores o excluyentes de ninguna índole, porque dicho manejo está en el centro del quehacer nacional en todas sus expresiones.

La crisis actual ha venido a enfatizar el imperativo de reencuentro interno, ya que sólo por esa vía se hará verdaderamente posible factibilizar el progreso que tanto necesitamos para evolucionar a fondo y en perspectiva. Hay que superar todas las deficiencias y resolver todas las carencias. Esto requiere inyectar estímulos, y no perpetuar vacíos. En estas vísperas electorales es determinante que los salvadoreños nos pongamos conscientemente al nivel de los tiempos para ser capaces de responderle a nuestro propio destino sin prejuicios estériles ni reticencias obsoletas. La confianza y la esperanza deben prevalecer.

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