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Cuando se empiezan a destapar abusos y desmanes en el accionar público todas las alarmas se disparan desde los viejos refugios de la impunidad

En otros tiempos aún cercanos hubiera sido inimaginable que figuras de alto relieve en los ámbitos del poder pudieran estar sujetas al escrutinio de la justicia. Ahora mismo hasta algunos gobernantes del pasado reciente están en la picota, con investigaciones abiertas.
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Una de las más notorias novedades de la coyuntura que se está viviendo actualmente en nuestro país consiste sin duda en el repunte de la lucha contra la corrupción en los diversos ámbitos públicos y en el evidente impulso de desmontaje de los esquemas tradicionales de la impunidad. Este no es un fenómeno exclusivo de nuestro ambiente, pues por todas partes van surgiendo esfuerzos de variada intensidad pero de inequívoco propósito en la línea de ir saneando de manera progresiva los comportamientos institucionales en todos los niveles y sentidos. La dinámica global también se manifiesta en este campo, haciendo ver un ejemplo más de lo que es el cambio de los tiempos.

Los salvadoreños nunca hemos sido dados a hacer valoraciones comparativas sobre lo que se da en un momento determinado y lo que se va produciendo después como resultado del mismo proceso evolutivo, y por eso pareciera que estamos siempre comenzando de cero, cuando la verdad es que todo es expresión del engarce continuo de las causas y los efectos. En este momento tendríamos que estar planteándonos lo que significa el tránsito de los viejos esquemas promotores de la impunidad hacia las recientes aperturas en pro del conocimiento real de lo que sucede en nuestro enmarañado ambiente, para reconocer las consecuencias y asumir las correcciones. La democracia va mostrando resultados progresivos, y ese sin duda es uno de sus efectos más valiosos y valederos.

En otros tiempos aún cercanos hubiera sido inimaginable que figuras de alto relieve en los ámbitos del poder pudieran estar sujetas al escrutinio de la justicia. Ahora mismo hasta algunos gobernantes del pasado reciente están en la picota, con investigaciones abiertas. Es entonces de la máxima importancia que la institucionalidad competente se comporte por encima de cualquier duda de parcialidad, a favor o en contra, para ir cerrándoles el paso a las alegaciones que siempre esgrimen los que están señalados por el dedo de la ley, comenzando por aquello de la “persecución política”, y a las maniobras autoprotectoras sobre las que tanta experiencia se fue acumulando en el tiempo.

Es vital para nuestro proceso democratizador en marcha que la legalidad no sólo vaya ganando terreno sino consolidándose en el ambiente como el factor más determinante para garantizar una vida normal y segura en todo sentido. Y la legalidad que funciona de veras nunca hace distingos entre aquellos a los que ha de aplicárseles, porque si eso ocurre, como por tanto tiempo se dio entre nosotros, todo el andamiaje institucional se va deteriorando inevitablemente, hasta que llega el momento en que cualquier cosa puede pasar sin consecuencias.

Esperamos que todas estas iniciativas correctoras en beneficio de la legalidad y contra los viejos hábitos de la impunidad no sólo se mantengan en pie sino que vayan ganando terreno de manera progresiva hasta ser lo natural, en contraste con lo que se ha vivido por tanto tiempo. Habrá que estar en guardia frente a todas las maniobras que intenten revertir dicha dinámica revitalizante, de la cual depende en gran medida la salud del proceso nacional.

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  • abusos
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  • corrupcion
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