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Cuando se van perdiendo oportunidades históricas a lo largo del tiempo lo que en verdad se pierde es dinamismo evolutivo

Los salvadoreños nos encontramos en una coyuntura cargada de desafíos, algunos de ellos francamente agobiantes, y la primera sensación que eso produce es el desconcierto ante lo que ha pasado, lo que pasa y lo que podría seguir pasando en el país.
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Cuando se van perdiendo oportunidades históricas a lo largo del tiempo lo que en verdad se pierde es dinamismo evolutivo

Cuando se van perdiendo oportunidades históricas a lo largo del tiempo lo que en verdad se pierde es dinamismo evolutivo

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Tal desconcierto merece análisis detenido para tratar de detectar las causas y los motivos de tal estado de cosas, ya que cae por su peso que situaciones como la actual nunca se dan por casualidad. Lo primero que toca, entonces, es hacerse los cuestionamientos necesarios para hallar las pistas que conduzcan hacia los núcleos de la realidad sucesiva, y así empezar a entender y a entendernos al respecto.

Al emprender el recorrido analítico nos hallamos ante un hecho revelador: nuestro desenvolvimiento nacional en el tiempo ha tenido momentos verdaderamente relevantes y siempre muy potenciadores de futuro que han ido quedando ahí, sin que se les den los seguimientos pertinentes. Mencionemos cuatro de ellos: el levantamiento social campesino de 1932, el fin de la dictadura martinista en 1944, la puesta en vigencia de la Constitución Política de 1950 y el fin de la guerra interna en 1992. Son puntos estelares para el despliegue de nuestra evolución nacional, que no tuvieron –ninguno de ellos– la proyección que anunciaban por su propia naturaleza.

Hagamos un breve recorrido. 1932: si en vez de encapsular lo sucedido en la categoría de “levantamiento comunista” se hubiera recogido el mensaje de aspiración justiciera que había en el trasfondo, la democracia hubiera podido despuntar desde entonces en el ambiente; pero pasó lo contrario. 1944: si se le hubiera dado seguimiento a la acción pacíficamente ciudadana de la “Huelga de Brazos Caídos” otro habría sido el ejercicio político posterior. 1950: si la innovadora Constitución hubiese podido desplegarse con todas sus potencialidades, la evolución subsiguiente tendría otra suerte. 1992: si se le hubiera sacado todo el provecho a la solución política de la guerra y se hubieran activado de inmediato los empeños de construcción de la paz en concreto no estaríamos donde estamos.

Todo lo anterior nos lleva a reiterar la convicción de que el proceso histórico es una cadena de engarces que se va fortaleciendo o debilitando según la forma en que se traten los respectivos eslabones en el tiempo. Si nuestra evolución ha sido y sigue siendo tan aleatoria y accidentada es porque no se ha tenido la responsabilidad acumulada de ir haciendo en cada momento lo que las circunstancias exigían y las perspectivas necesitaban. Y en la medida que tal comportamiento irresponsable se reitera más frenos y trabas van apareciendo en el camino. Es hora de reconocerlo y de decidirse a ya no repetir las fallas tan tozudamente reiteradas. Se trata de vernos sin disimulos artificiosos en el espejo de nuestra propia experiencia, que no tiene desperdicio en proveernos lecciones.

La evolución, como todo fenómeno que involucra destinos humanos, no se da de manera automática. La dinámica evolutiva se va construyendo en la medida que sus actores y destinatarios hacen lo suyo en los respectivos momentos. Aunque el devenir pareciera una especie de juego de azar con algunos componentes preconcebidos, lo cierto es que nada es casual, aunque pueda parecerlo por desconocimiento o desentendimiento de lo que vino pasando antes.

Es preciso ponerle más atención al devenir evolutivo, que por ahora ni siquiera existe en el juego de opiniones dominantes. Asumamos sin tapujos la tarea de vernos a nosotros mismos sin tapujos desorientadores. El país necesita historia conscientemente vivida, lo cual sólo podrá lograrse si hay un compromiso claro y actuante con la realidad en la que nos movemos todos, más allá de cualquier diferencia. Esa es la clave de la funcionalidad.

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