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Cuando un tsunami arrasó la educación nacional...

La memoria histórico-educativa salvadoreña es corta.
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Para la crisis endémica de la educación, que soportamos los salvadoreños, los gobiernos en turno han ofrecido soluciones, obviando avances y retrocesos reales. En mi opinión, en los años sesenta-ochenta, la educación fue víctima de un fenómeno parecido a un tsunami y lo que hoy tenemos son los efectos de ese gran colapso sin soluciones prácticas.

La década del sesenta se caracterizó por el aparecimiento de diferentes movimientos socio-políticos como producto de las desigualdades, la marginación y otros. Se producen luchas reivindicativas sindicales que culminaron con la histórica huelga de los trabajadores de ACERO S. A., casi una huelga general, conflicto que se resolvió con la mediación del bien recordado arzobispo de San Salvador monseñor Luis Chávez y González. Veníamos de una sociedad en que la trilogía cultural: maestro, sacerdote y médico eran los referentes de los valores humanos, apoyados por el alcalde y el comandante militar del lugar; del autoritarismo del gobierno que mantenía el orden de acuerdo con las estructuras económica, social y política imperante. Los niños asistían a una escuela con calidad, todos los días hasta las 4 de la tarde, incluso sábado por la mañana. El maestro era respetado por la comunidad, pero era instrumentalizado por los movimientos político-partidarios. Tenía su Ley de Escalafón con más obligaciones que estímulos: un maestro normalista (Clase A) alcanzaba un aumento de TREINTA COLONES después de TREINTA AÑOS trabajando; con mínimas prestaciones sociales y de salud.

La actividad organizativa gremial y sindical se alzaba con aura triunfalista y continuaba creciendo. Esta perspectiva y la amenaza de un nuevo sistema de retiros, que mejoraba la vigente Ley de Escalafón pero imponía más años de trabajo y mayor edad para jubilarse, fue el encendido que necesitaba el gremio magisterial para consolidarse. Con expresión multitudinaria logró su primera e importante representación el 21 de junio de 1965. En 1968, el presidente, coronel Fidel Sánchez Hernández, y el ministro, licenciado Walter Béneke Medina, proponen e implementan la “Reforma del 68”, una idea extraña minuciosamente estructurada y modernizante que contenía elementos de educación a distancia como la televisión educativa, el cambio del Currículo Nacional, los Niveles Educativos y su administración; con novísimos contenidos programáticos pero desconocidos para la mayoría de docentes. Dividió las jornadas escolares en turnos matutino y vespertino, desmanteló el subsistema de Escuelas Experimentales y Renovadas, expresión de la excelencia educativa en El Salvador.

La reacción del magisterio organizado llegó con una huelga de 58 días con efectos devastadores: persecuciones, violencia, pobreza, desintegración de la armonía en los centros educativos, los maestros se dividieron no solo físicamente sino en sus relaciones personales, llegó el desosiego, los conflictos internos, intranquilidad, amargura y frustración con la consecuente baja de la calidad educativa. Para acelerar la debacle, a alguien se le ocurre fundar “grupos pedagógicos” (¿?), un turno escolar intermedio entre la 1 y las 4 de la tarde en situaciones físicas y psicológicas deplorables para el aprendizaje.

En 1980 se desintegra el Ministerio de Educación, el sistema de supervisión y la formación de los maestros, comienza la cruenta guerra civil, la ideologización de la educación y del magisterio. Se cierra la Universidad Nacional y se decretan leyes permisivas para fundar universidades privadas lucrativas, con discutible calidad académica. Sin mayor reflexión pasa a este Nivel la formación de maestros; luego se produjeron otras huelgas magisteriales. Felizmente la guerra terminó con esperanzas de paz y armonía social y así llegó la reforma educativa del 94, pero... ¡después de veinticuatro años seguimos frustrados dentro de los efectos de aquel tsunami...!

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  • educacion
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  • maestros
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