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Cuaresma

La Cuaresma, proponiendo de nuevo el ejemplo de Cristo que se inmola por nosotros en el Calvario, nos ayuda de manera especial a entender que la vida ha sido redimida en Él.
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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Estamos recorriendo de nuevo, desde el Miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal, que nos conducirá a las solemnes celebraciones del misterio central de la fe, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Nos preparamos para vivir el tiempo apropiado que la Iglesia ofrece a los creyentes para meditar sobre la obra de la salvación realizada por el Señor en la Cruz.

“El designio salvífico del Padre celestial se ha cumplido en la entrega libre y total del Hijo Unigénito a los hombres. Dijo San Juan Pablo II en una de sus homilías: ‘Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente’, dice Jesús, resaltando que Él sacrifica su propia vida, de manera voluntaria, por la salvación del mundo. Como confirmación de don tan grande de amor, el Redentor añade: ‘Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’”.

La Cuaresma, que es una ocasión providencial de conversión, nos ayuda a contemplar este gran misterio de amor. Es como un retorno a las raíces de la fe, porque meditando sobre el don de gracia tan grande que es la Redención, nos damos cuenta de que todo ha sido dado por amorosa iniciativa divina.

Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿quién ha podido o puede merecer un privilegio semejante? San Pablo dice: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia”.

Dios nos ha amado con infinita misericordia, sin detenerse ante la condición de grave ruptura ocasionada por el pecado en la persona humana. Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo de ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión de su amor.

La Cuaresma, proponiendo de nuevo el ejemplo de Cristo que se inmola por nosotros en el Calvario, nos ayuda de manera especial a entender que la vida ha sido redimida en Él. Por medio del Espíritu Santo, Él renueva nuestra vida y nos hace partícipes de esa misma vida divina que nos introduce en la intimidad de Dios y nos hace experimentar su amor por nosotros.

Se trata de un regalo sublime, que el cristiano no puede dejar de proclamar con alegría. San Juan escribe en su Evangelio: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”.

Esta vida, que se nos ha comunicado con el Bautismo, hemos de alimentarla continuamente con una respuesta fiel, individual y comunitaria, mediante la oración, la celebración de los Sacramentos y el testimonio evangélico.

Habiendo recibido gratis la vida, debemos, por nuestra parte, darla a los hermanos de manera gratuita. Así lo pide Jesús a los discípulos, al enviarles como testigos suyos en el mundo: “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis”.

Y el primer don que hemos de dar es el de una vida santa, que dé testimonio del amor gratuito de Dios. Que el itinerario cuaresmal sea para nosotros una llamada constante a profundizar en esta peculiar vocación nuestra.

Que María, la Virgen y Madre del Amor Hermoso y de la Esperanza, sea guía y sustento en este itinerario cuaresmal, para llegar a la Semana Santa y la Pascua de Resurrección del Señor bien preparados.

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