Cuesta creer y entender

Cuesta creer que los últimos escándalos y casos de corrupción no solo van a ser cortinas de humo condenadas a pasar al olvido.
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Adolecemos de un poder judicial débil e históricamente estamos inmersos en corrupción pública y privada generalizadas. Un círculo vicioso de corrupción e impunidad que mina el desarrollo económico, favorece a algunos grupos privilegiados de poder y genera sentimientos de impotencia y frustración.

Cuesta creer que el escándalo de los Panamá Papers en Islandia haya provocado que miles de sus ciudadanos se concentraran frente al Parlamento de Reikiavik para reclamar y conseguir, en 48 horas, que su primer ministro, con seriedad, deje su cargo. Cuando en El Salvador, los funcionarios acusados de corrupción tienen actitudes altaneras, incrédulas, llenas de indignación o simplemente se “hacen los locos” como que si nada hubiera pasado. Y siguen en sus cargos, impávidos.

Cuesta entender que miembros del Ejecutivo y algunos partidos políticos consideren dotar de armas a la ciudadanía, dando a “comités ciudadanos” la posibilidad de defenderse cuando es el gobierno y las respectivas instituciones que tienen influencia en la seguridad y convivencia ciudadana que deberían ser los garantes de la seguridad pública. El problema de la inseguridad creciente en El Salvador se podría resolver a plazo mediante una verdadera y ambiciosa política integral de seguridad pública y con la voluntad y el compromiso de todos (partidos políticos, sociedad civil y el sector empresarial).

Cuesta entender que ante la carencia en agua potable por parte de una numerosa población, no se pueda tener una respuesta estructural a la problemática y que se sigan proponiendo alternativas paliativas. La escasez de agua puede remediarse por medio de una inversión adecuada en tuberías, reservorios para agua lluvias y plantas de reciclaje para aguas negras y residuales. Suministrar agua potable a toda la población tendría que ser una de las prioridades de los gobiernos, siendo el agua un derecho humano elemental e indispensable para una vida digna.

Cuesta creer que en realidad hemos dejado de creer. Nos refugiamos en nuestras burbujas llenas de egoísmo en las cuales estamos atrapados y paralizados, sin saber qué hacer, quejándonos, siendo incapaces de organizarnos para exigir y reclamar. Y somos, en parte, responsables y partícipes de esta corrupción nacional generalizada. Irrespetamos las reglas de conducta y de convivencia creyendo que somos “vivos” cuando en realidad somos “mal educados”. Contribuimos directa o indirectamente a la evasión fiscal no elaborando o no reclamando facturas. Le damos la razón a los que eluden y evaden los impuestos porque no hay confianza en cuanto al destino de los impuestos. Toleramos la “tradición” de “beneficiarse del Estado”. Seguimos saludando cordialmente a los corruptos y corruptores cuando deberían de darnos pena y vergüenza. Nos hemos acostumbrado a no indignarnos tanto frente a la carencia de servicios básicos y las condiciones infrahumanas en las cuales viven una gran parte de la población. Y no nos ofende tanto que personas tengan cargos públicos por razones que no tienen nada que ver con competencia y capacidad.

Cuesta creer y personalmente empezaré a creer cuando surjan nuevas alternativas electorales que representen una verdadera renovación política. El Salvador necesita un borrón y cuenta nueva, una reingeniería, empezar de cero. Liderar la unión de todos los sectores para construir un país más inclusivo y solidario, comprometido con un único objetivo: el bien común.

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