Cuidado con el falso crítico alemán

Habiéndose inventado un pasado personal vagamente revolucionario, y cuando por fin se le acabó el gran negocio de recolectar sin rendir cuentas los millones de dólares de la solidaridad internacional con las insurgencias tropicales, muy pronto puso rumbo hacia la derecha y pluma en ristre enarboló la crítica contra la izquierda. Al parecer, solo él había salido de la guerra con las manos limpias. Todos los demás éramos culpables del horror, estúpidos, deshonestos, serviles y hasta cobardes.
Enlace copiado
Cuidado con el falso crítico alemán

Cuidado con el falso crítico alemán

Cuidado con el falso crítico alemán

Cuidado con el falso crítico alemán

Enlace copiado
Y él lo decía así con todas sus letras y en voz alta para deleite y aplauso de sus nuevos amigos y jefes de la derecha. Con sus crudos sarcasmos pretendió demoler prestigios de excomandantes, secretarios generales, funcionarios, sindicalistas, intelectuales, periodistas, oenegés, presidentes y alcaldes. Y cuanto más ofensivo y vulgar era, más éxito parecía obtener. En el apartado de profesión u oficio de su documento de identidad personal bien hubiera podido decir: Conciencia Moral de la Nación.

Así, era imprescindible su nombre encabezando a los firmantes de toda denuncia de los atentados y conspiraciones contra el sistema de libertades. Aquel crítico implacable, y genial “en el sentido más pesado y alemán de la palabra”, porque nuestro crítico era un alemán justamente, comenzó a vender sus libelos como cerveza en el estadio, y como espuma de cerveza creció su cotización en el mercado. Pero todos ignorábamos que por las noches, solo y frente al espejo de su propia conciencia, no podía conseguir la paz ni conciliar el sueño.

Un pecado secreto y terrible le carcomía el alma. Consciente de ese pecado se preguntaba aún: “¿Es peor haberlo cometido que haberlo ocultado tanto tiempo ante mis lectores?” Ocurría que él también tenía las manos manchadas de sangre. Él también había sido uno de los asesinos, y de los peores: de los que no se habían enfrentado al enemigo en abierto combate militar, sino de los especializados degolladores de niños, mujeres y ancianos de la sociedad civil.

Pero en un último gesto de lúcida honestidad, nuestro crítico decidió valientemente, por fin, confesar su secreto y autocriticarse en público.

Aunque, sabiendo que esa confesión sería espectacular y masivamente requerida, no olvidó pactar con sus editores un jugoso contrato como precio de su tan noble sacrificio. Y a punto de ser lanzada al mercado su confesión en forma de autobiografía, oportunamente convocó a los medios de prensa para adelantar la primicia. Y, claro, el libro ya estaba agotado y los bolsillos del crítico vivillo ya estaban repletos.

Pero que nadie se alarme ni celebre posibles coincidencias o simetrías, porque no dejaré en suspenso ni en la ambigüedad el nombre y apellido de semejante farsante: Günter Grass, premio Nobel de literatura y secreto miembro de las Waffen-SS nazis, la unidad especial más sanguinaria de Adolf Hitler. Durante casi todo un siglo engañó ese escritor canalla a su país y al mundo entero con el viejo cuento de la adhesión a la honestidad crítica y al sistema de libertades.

En una columna anterior, cuando todavía esta ignominia no se hacía pública, aludí a la también secreta militancia nazi de otro implacable y muy inteligente o vivillo crítico alemán: el filósofo Martin Heidegger. ¿Cuántos de estos “incorruptibles críticos” alemanes nos seguirán engañando? Por mi parte, siempre desconfié de quienes, autoproclamándose inteligentes y honestos, se ensañan groseramente contra los demás, especialmente si se trata de sus excompañeros.

En todo caso, estas deplorables circunstancias me hacen reconfirmar la verdad de aquella vieja idea popular según la cual nadie sale con las manos limpias de una guerra, así sea un alemán o un salvadoreño, así sea un gran intelectual o un simple vendedor de cerveza.

Tags:

  • aleman
  • critico
  • guerra
  • derecha
  • izquierda

Lee también

Comentarios

Newsletter