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Culpables

Estuve tentada a escribir sobre todo el revolú que se ha armado alrededor de las sentencias de la Sala de lo Constitucional, sobre las reformas a las pensiones o sobre las reformas a la Ley de Extinción de Dominio. Claro, son temas importantes, preocupantes para este país que cada día nos despierta con una nueva crisis.
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Sin embargo, es importante que no reemplacemos de la agenda el tema que esta semana puso en el tapete este periódico, sobre los matrimonios y las uniones libres entre niños y adultos. Talvez no es “agenda diaria”, pero debemos entender que es algo que ha descompuesto a la sociedad durante décadas, como lo ha hecho el abandono a los jóvenes, de cuyas consecuencias tenemos más conciencia porque la violencia nos lo muestra a diario.

Durante años hemos visto en este país con cierta normalidad el hecho de que una niña de 11 años dé a luz, que se case con el hombre que la embarazó o que se vaya a vivir con él para lograr sostener a la nueva familia. ¿Qué hace una niña de 11 años con un bebé? ¿Qué armas tiene para enfrentar esa maternidad y para mantenerlo? Muy pocas, quizá ninguna. Y este país no tiene un sistema de seguridad para que una niña que ha sido abusada resuelva su vida, su manutención y sus nuevas necesidades. Normalmente lo que le toca es irse a vivir con quien la agredió para que la mantenga.

Es lo normal. Lo “normal”. No me imagino enviando a vivir con su violador a alguna de mis sobrina. Pero claro, debo entender en el contexto que yo tengo un nivel educativo diferente, que hace falta mucha educación de los adultos, en todo nivel, sobre lo que este tipo de abusos puede provocarle a una menor.

La procuradora especializada en Familia de la Procuraduría General de la República (PGR) Claudia Cáceres lo dijo en una frase que debemos entender y profundizar porque es oro puro: con las uniones tempranas y con los matrimonios de niñas con adultos, las niñas están perdiendo para toda su vida su poder de decisión. Pasan del control parental al marital y con ese cambio del ámbito familiar al marital solo estarían cambiando de agresor.

En este país, las cifras de abuso contra menores son alarmantes, por lo que no es poco común que una niña quiera huir del entorno del hogar donde hay algún tipo de abuso y muchas de esas veces ven en adultos –agresores– la posibilidad de escapar.

Si nos preocupáramos más por educar a las niñas, por empoderarlas y dotarlas de autoestima, las prepararíamos para enfrentar a estos tipos de agresores. Es importante que entendamos que muchas de estas niñas viven vidas llenas de agresiones y están en una constante búsqueda de amor, de apoyo, de validación y respaldo. Cuando algún agresor se aproxima a ellas o a sus familias, intentarán todo por no volver a sentirse abandonadas, aun cuando no quieran hacerlo, aun cuando no se sientan cómodas, porque no les enseñamos a decir no. No les enseñamos a que tienen este derecho y que no pasará nada malo si ese no hace que la persona se aleje.

Sobre todo es importante enviarle un mensaje a estos hombres que buscan constantemente relaciones con menores que esto es un delito, y que involucrarse con un menor les traerá consecuencias. Pero de momento, lo que les brindamos como país es inmunidad.

Debemos presionar como sociedad para que el Estado proteja a los niños, primero, evitando que se casen con adultos para “que se hagan cargo del niño” o para “que la honre”. Y por supuesto, debemos presionar porque no se cometan estupideces como llevar a una niña a una bartolina para que se case con su agresor.

¿Dónde comenzamos? El primer lugar que se me ocurre es su entorno. Su casa, la gente que trabaja con usted, la mujer que le ayuda en su casa o convive en su oficina. Las consecuencias de una sociedad descompuesta la pagamos todos. Luego, debemos presionar porque se reformen las leyes.

Tenemos la obligación moral de proteger a nuestros niños. No pasemos la página.
 

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