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Culto a Chávez y martirio

Hugo Chávez murió transformado en lo que odiaba y combatía. Con el fallido golpe de Estado de 1992 ganó cárcel, pero también popularidad y chapa de héroe nacional, sirviéndoles para amalgamar el sentimiento popular contra el establishment, la partidocracia y la corrupción.
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Chávez acusó a la élite política de entonces de corrupta y no permitir que un país tan rico despegara. Pero, a 15 años de ganar la presidencia en 1988, su movimiento tiene tantos vicios como los gobiernos de Acción Democrática y COPEI que le antecedieron. Venezuela sigue mal como antes, con el agravante de un despilfarro proporcional a los precios siderales del petróleo.

La opción de Chávez fue por los pobres y marginados, y por recuperar lo que la política tradicional, que él aborrecía, descuidó. Pero en su ambición por refundar la república, acumuló todos los poderes del Estado usándolos para perseguir a opositores y disciplinar a los suyos.

Con su prédica antiimperialista y estadounidense disfrazó la expansión de su imperio nacionalista. Lideró con ideas de unidad regional y a fuerza de millonarios subsidios petroleros, interfiriendo en elecciones y políticas en el extranjero. Hipócritamente, su pretendido imperio tuvo en el yanqui a su mayor y más fiel aliado comercial. Su carisma popular es fiel retrato de las grandes multitudes que despidieron su féretro. Pero el apoyo que cosechó fue apuntalado por un enorme aparato de propaganda. Creó un populismo sentimental basado en un estricto culto a la personalidad, polarizando a la sociedad. De ahí que tras su muerte muchos vivieron el luto llorando y otros descorchando.

La maquinaria del populismo no distingue entre seguidores genuinos, beneficiados ocasionales o parásitos permanentes.

El chavismo cuenta ahora con todas las ventajas. Treinta días es poco tiempo para que las emociones se disipen y para que el duelo y el 57% conseguido en las elecciones de octubre pierdan impulso. La estrategia de extender el duelo a catorce días y eternizar a un Chávez embalsamando cumple con mantener la agitación y el culto al líder.

La muerte natural de Chávez fue un golpe duro. La muerte sin tragedia, sin persecución, no es martirio ni redención. El chavismo habría preferido que el comandante hubiera sido abatido como el Che Guevara, Gandhi y Martin Luther King o que su deceso despertara dudas como el de Salvador Allende.

De ahí que las dudas ya las haya presentado el ahora presidente interino, Nicolás Maduro. Aunque en forma ficticia, animó una fórmula para crear el martirio necesario. Afirmó que una comisión investigativa futura detectará que a Chávez le inocularon el cáncer, al tiempo que echaba a dos diplomáticos estadounidenses, cerrando así, el círculo del complot extranjero.

La inventiva conspirativa de Maduro, propia de los regímenes autoritarios de izquierda o derecha, fue atributo permanente de Chávez. Le daba lo mismo pronosticar invasiones y su posible asesinato, que acusar a EUA de haber provocado el terremoto de Haití mediante detonaciones subterráneas.

El fin último es alimentar el patriotismo y las lealtades cuasi religiosas de los seguidores. Ahora fallecido, el oportunismo y la lealtad del chavismo recurre a inmortalizar el cuerpo y espíritu del líder ya convertido en prócer; y alimentar la devoción armada de los círculos bolivarianos que juraron proteger la revolución.

Más allá del mito que buscan crear, no creo que Chávez “vivirá para siempre”, como dijo Evo Morales, ni que bajará de los cielos junto a Jesucristo el día de la Resurrección para imponer paz y justicia, como pronosticó el presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad.

El endiosamiento de Chávez tiene fines más terrenales y de corto alcance: conservar la unión del movimiento, ganar las elecciones y mantener cierto control autoritario para evitar que la crisis económica aniquile cualquier plan de supervivencia futura.

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