Culto dominical

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<p>La mañana otoñal invita a caminar entre los bosques, y esa para mí es invitación irresistible. La ciudad queda atrás, con su mosaico de tejados y su convivio de cúpulas. Enfrente están los caminos que van cruzando arboledas. El aire fino es otra invitación apremiante. Y también lo son los colores pálidos del cielo, que dentro de unas horas se volverá fogata. Ya en plena Normandía, me invade la remembranza. Luego de ganar el Premio Nobel, Pablo Neruda escogió una villa en las comarcas normandas para establecer su residencia en la tierra, rodeado de bosques. Me encamino hacia el lugar, con ilusión de peregrino. Todo está ahí, de seguro como se lo figuró el poeta. Pero hay un detalle misterioso: la entrada a la casa no tiene puerta ni umbral. Los matochos y las enredaderas han penetrado, como en estancia propia. Me detengo, tal si estuviera ante el acceso a una capilla. Adentro, de seguro todo está listo para la ceremonia del domingo. No hay velas encendidas, pero sí tragaluces naturales. No hay imágenes de personajes consagrados, pero sí vuelos de mariposas y hornacinas de lechuzas. Y al fondo, los dos oficiantes: Neruda y el bosque.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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