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Dada la competencia política constante, hay que tener siempre presente la dinámica del calendario

Transcurridos más de 30 años del inicio de la experiencia democratizadora en nuestro país, los salvadoreños aún estamos asimilando la naturaleza de dicha experiencia, de la que no se tenía antecedentes prácticos a lo largo de todo nuestro pasado republicano.
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Y en la democracia la competencia entre las fuerzas políticas en juego tiene una periodicidad bien definida en el tiempo, que se determina por mandato legal. En nuestro caso, el período presidencial es de 5 años, y no hace mucho se decidió conforme a la ley pasar de 3 a 5 años los períodos legislativos y municipales a partir de 2022. Esto justamente con el fin de darle más ventilación al calendario electoral, hasta la fecha recargado al máximo.

En realidad, los tiempos políticos en todo caso son sumamente limitados, porque los que llegan a ocupar posiciones de poder, en cualquier nivel que esto ocurra, tienen que desarrollar una agenda de promesas electorales que por lo común siempre se recarga para ganar voluntades ciudadanas. No es casual, entonces, que desde que se asumen los cargos haya una presión creciente para responder en los hechos a las respectivas agendas, lo cual mantiene tanto a los que están en posición gubernamental como a los que hallan en condición opositora en tensión continua, y este es un factor que por su cuenta contribuye a enrarecer el panorama nacional, ya de por sí sobrecargado de ansiedades y de contratiempos.

Esto se manifiesta con intensidad mayor en el ámbito de la gestión presidencial, sobre todo porque el nuestro es un sistema eminentemente presidencialista desde siempre. Hay que reconocer, sin embargo, que el presidencialismo tradicional viene entrando en progresivo control, en especial desde que se produjo la alternancia en el ejercicio del poder allá en 2009. Esto último no es fenómeno de carácter ideológico, sino derivación de la misma dinámica del proceso. La permanencia prolongada en el ejercicio del poder es imán de perversiones, como lo hemos experimentado en el país a lo largo del tiempo; la alternancia periódica, en cambio, tiende a regenerar perspectivas y a replantear posiciones.

Estamos por llegar a la mitad del año en curso, y el tiempo que queda para emprender iniciativas verderamente determinantes en clave de futuro es cada día más corto. 2017 será año preelectoral, en un doble sentido: respecto de las elecciones legislativas y municipales de comienzos de 2018 y respecto de los comicios presidenciales de comienzos de 2019, ya que, según lo que se ha vivido sobre todo en la posguerra, los candidatos a la Presidencia surgen cada vez más pronto, y los de 2019 estarán apareciendo entonces en la segunda mitad de 2017.

Recordemos que las campañas electorales para la Presidencia de la República son no sólo prolongadas sino también enconadas, y la atmósfera nacional se contamina y tal contaminación va impregnando todos los tejidos sociales, lo cual se une a los diversos trastornos que distorsionan el vivir cotidiano. Dadas tales circunstancias, no es de extrañar que circule por el ambiente la desalentadora sensación de que el país se vuelve progresivamente invivible.

Todo esto hace que haya más prisa que nunca para empujar de veras y de manera consistente y visionaria los tratamientos que se precisan para que los problemas más apremiantes que tenemos sobre el tapete como país entren en la ruta de sus auténticas soluciones. Y, a estas alturas, todas las fuerzas políticas tendrían que entender sin más reservas que, a los ojos de la ciudadanía, que está cada vez más consciente de sus derechos y de sus responsabilidades, si hay soluciones confiables y suficientes en marcha todos los próximos competidores llegarán fortalecidos, y si no las hay todos llegarán debilitados.

Tags:

  • david escobar galindo
  • elecciones legislativas
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