De Lili-chelo a Pic-pic, instantes eternos de abuelos y nietos...

Cómo se pasa la vida que no dura ni un instante; nadie mejor que los nietos para recordárnoslo, y también para sentir que es eterna...
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En estas vacaciones de agosto en que los abuelos pueden gozar más a sus nietos, yo estoy gozando a los míos que habitan en tierras lejanas, y que muy a mi pesar, veo tan poco. Abuelo hay que ser para entender eso que todos sienten y repiten en todas las generaciones a través de diversos milenios. Los sentimientos de amor, las alegrías más profundas, acumuladas, concentradas todas en unos instantes tan maravillosos como efímeros.

La irresponsabilidad total de casarme a los 19, naciendo mi hija poco después de cumplir 21 años, fue considerablemente compensada por ser mi única descendiente y por permitirme conocer todavía entero a mis queridos nietos, esperando tener más vida para verlos mucho más tiempo, gozarlos más que a mi propia hija, y –ojalá– conocer a mi primer bisnieto. Cómo se pasa la vida que no dura ni un instante. Nadie mejor que los nietos para recordárnoslo, y también para sentir que es eterna...

Lilichelo. De un año o un poco más, mi hija Elena vio y escuchó a su abuelo paterno –mi padre el violoncelista– tocar el chelo. Por el lililili de la música que salía del chelo sin titubear lo bautizó “Lili-chelo” quien adoró a su primera y única nieta a quien vio y gozó muy poco en esos difíciles años de distancias diversas de la antesala e inicios de la guerra. “Se le parece como dos gotas de agua”, decía refiriéndose al parecido de su nieta con su hijo sobre quien no obstante ser ya hombre adulto metido en la política nacional y en un efímero paso en el gobierno, le contaba con orgullo a sus amigos cómo su chi-chi de un año se metía la comida adentro de la boca..., ante mi sorpresa solo superada por mi bochorno... A los 70 años, por la guerra, tuvo que salir nuevamente de su tercera patria, muriendo en Nicaragua 7 meses después. En sus últimos días, añoraba volver a ver a su Elena, su primera nieta, mientras interrumpía las suites de Bach que salían de su chelo, para abrazar a su primer nieto que adoró en sus primeros meses de vida, el mismo que lleva su nombre, Nesti, y que en el prolongado exilio familiar en la carretera sur de Managua, tanto nos ayudó a soportar su dolorosa partida.

Pic-pic. Tres años tenía de no ver a mi hija y mis dos nietos; una eternidad considerando que en este lapso pasaron de la infancia a la temprana adolescencia. Cada reencuentro aumenta mi sentimiento de haberlos visto y gozado tan poco en esta vida tan corta que ahora más próxima está que antes de su final. Concebida en Bélgica hace cuatro décadas cuando sus padres eran estudiantes, nadie hubiera pensado que tendría hijos nacidos y criados en Bélgica. Son belgas, “bruxellois” para ser más precisos, pero también de muchos lados. De ancestros italianos, rumanos y belgas, mis transnacionales nietos, que han viajado ya en cuatro de los cinco continentes, primero hablan francés, luego español perfecto, pequeños lo hacían con rrrrrs pronunciadas como su bisabuela materna nacida en París, y ahora también hablan elocuentemente flamenco e inglés.

Con solo 14 y 12 años, mis nietos son parte de una nueva generación más consciente del desastre ecológico que amenaza la existencia misma de nuestra especie, teniendo el imperativo de asumir los desafíos de la sostenibilidad que requiere un profundo cambio de paradigma.

Qué extraños los genes de la descendencia. Mientras propios y extraños afirman que mi hija se parece tanto a mí siendo sus hijos igualitos a ella, ellos se parecen muy poco a mí, desafiando el que dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí. El dulce y bello Gabriel acaba de comer zompopos, y frente a Valentina, fuerza de la naturaleza, me derrito siempre que la veo. Desde que Gabriel comenzaba a balbucear sus primeras palabras, me bautizó Pic-pic, por la barba que pica, volviéndose mi nombre oficial para ambos, mi identidad filial para siempre. No tengo la menor duda de que así me despedirán un día, y que –muy probablemente– así se referirán a mí dentro de medio siglo, con sus respectivos nietos.

Ay, cómo se pasa la vida que no dura ni un instante; nadie mejor que los nietos para recordárnoslo, y también para sentir que es eterna. Lili-chelo, Pic-pic, nuestros adorados nietos, tan lejanos y cercanos a la vez, con quienes los instantes se convierten en eternidad.

Bruselas, Bélgica, 2 de agosto de 2017
 

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