De acuerdo. Busquemos soluciones, salvemos vidas

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Estimado Sr. Rodríguez:

Estoy de acuerdo en dos cosas fundamentales: debemos buscar soluciones y es necesario participar en un diálogo saludable. Para evitar que esto se convierta en un diálogo cerrado, me permito escribir a todos los lectores.

El Sr. Rodríguez me pregunta: “si usted estuviera embarazada y supiera que el ser que está en su vientre es una persona humana... si pensara que esa personita heredó de usted la mitad de sus genes, que incluso podría parecérsele muchísimo: color de pelo, ojos, personalidad... si tuviera que ser usted la que, con sus propias manos, cortara esa personita en pedacitos y los fuera sacando poco a poco... ¿lo haría?”

Yo soy madre de tres hijos. Sé, de forma literal y no hipotética, lo que se siente ser madre y llevar a un ser humano en mi vientre. Y mi respuesta a su pregunta es que no. No lo haría. El panorama que describe y al que limita la práctica del aborto, me parece espantoso.

Pero voy a ampliar el tema. Desde mi punto de vista, existen situaciones en las que debiera considerarse un aborto como no punible. A pesar de que mi segundo hijo nació bajo circunstancias de estrés que requirieron una intervención de emergencia, mis tres embarazos y partos fueron, dentro de lo que cabe, relativamente normales. Yo siempre he tenido recursos y privilegios, nunca he tenido que soportar el peso de la pobreza o la falta de educación o sistemas de apoyo y atención a mi salud emocional o física. Tampoco he sido víctima de abusos sexuales. Por lo tanto, me parece poco ético extrapolar mi apreciación personal a la de millones de mujeres y familias salvadoreñas (o de cualquier otra nacionalidad).

Y no estoy diciendo que una mujer en una situación diferente a la mía estaría dispuesta a “cortar en pedacitos” y sacar de su vientre “con sus propias manos” a ningún ser, ni siquiera a uno que ya no tiene vida. Estoy diciendo que no puedo hablar por todas cuando yo no estoy siendo afectada por la situación.

Adicionalmente, sabemos que la succión no es el único procedimiento médico o quirúrgico que se practica, especialmente para los abortos que se realizan en las primeras 12 semanas de gestación. Pero en este sentido, me parece importante recalcar lo que he insistido en todos mis artículos: que son los médicos y las familias afectadas los más capacitados para analizar y tomar una decisión como la interrupción de un embarazo. No el Estado. Me llama la atención la poca confianza en la ética de los médicos que se manifiesta de forma indirecta. En mi experiencia, es el gremio médico la agrupación profesional cuyos miembros consideran la aplicación práctica de la ética de forma más consistente.

Debo hacer una aclaración importante sobre lo que el Sr. Rodríguez identifica como mi planteamiento. Él menciona que las excepciones que se consideran son “por el bienestar de la mujer”. Sin embargo, a pesar de que creo que eso es cierto, he intentado mostrar que no se trata de una dicotomía entre la mujer y el no nacido. Se trata de la necesidad de reconocer los derechos y circunstancias de todos los afectados (incluidos los miembros adicionales de esa familia).

Con respecto al bebé. Estoy de acuerdo en todo. No tengo objeciones o críticas u opiniones distintas. Tengo que señalar una cosa únicamente, porque es fundamental para “no recurrir a argumentos de perfil religioso” y poder llevar la discusión al plano político, que es donde considero debe darse la discusión sobre la despenalización del aborto. Él afirma que la vida de un ser humano es un valor absoluto. Pero la jurisprudencia dice otra cosa.

La Corte Suprema de Justicia estableció hace años, de forma explícita, que ningún derecho es ni puede ser absoluto. Es de todos conocido que la jurisprudencia nacional e internacional reconoce la despenalización de los asesinatos en el marco de la guerra, en defensa propia o en cumplimiento del deber. No menciono la pena de muerte porque esa excepción no está considerada en El Salvador. No es difícil reconocer que siempre hemos encontrado circunstancias en las que se considera aceptable o, al menos no punible, quitarle la vida a otro ser humano. Incluso la Iglesia Católica.

Sobre la mujer. Vuelvo a recalcar que no se trata de una batalla entre la mujer y el no nacido. Sobre quién vale más o es más indefenso. Se trata de situaciones que conciernen a la familia donde hay varios afectados. No es, por lo menos no para mí, una competencia o guerra que hay que ganar o perder. Es moral y jurídicamente muy pobre ese marco de referencia, yo espero y aspiro a más.

Cuando el Sr. Rodríguez habla de “los doctores” que invalidaban el argumento a favor del aborto terapéutico, en realidad se refiere a algunos doctores. Uno de los errores que debemos evitar en una discusión sobre un tema como este es la generalización. Es difícil sostener esa afirmación cuando la gran mayoría de asociaciones médicas profesionales del mundo sí lo reconocen, incluso en la actualidad.

Dice es su carta que “jamás existirá un fin tan bueno, que justifique una acción mala en sí misma...”. Ya vimos arriba que esto no es cierto más allá de la teoría o de nuestras aspiraciones. La realidad –y por tanto la política y los sistemas democráticos– demanda acciones que no siempre son ideales. Yo soy pacifista, entendida como opción ética y política, y quisiera pensar que en ninguna circunstancia sería capaz de quitarle la vida a otro ser humano. Pero yo no sé qué haría si alguien intenta matar a uno de mis hijos. Puedo reconocer que la defensa propia puede ser considerada válida. Creo que es correcto y necesario que el Estado reconozca excepciones para no criminalizar a las personas que, en circunstancias específicas y extremas, se consideran ante la necesidad de quitarle la vida a otra persona.

Pero no voy a evadir sus señalamientos. Él menciona que no es necesario terminar un embarazo para tratar una enfermedad como el cáncer. No soy médico, pero no estoy de acuerdo con esta afirmación. Primero porque sé que el cuerpo de una mujer gasta grandes cantidades de energía y recursos biológicos y emocionales para sostener una vida en su interior. Energía y recursos que podría necesitar para combatir una enfermedad y salvar su vida. Y segundo, porque puedo imaginar la posibilidad de que la muerte del no nacido podría ser mucho peor, o tener peores consecuencias, si se deja a merced de los efectos del tratamiento para curar alguna enfermedad.

Estoy de acuerdo en que lo ético y deseable es que se intente salvar ambas vidas. Y no dudo que los médicos trabajan, en general, bajo ese mandato. Mi consideración es que, en los casos en los que debemos decidir entre una o la otra, sean la familia y sus médicos los que decidan. No estoy diciendo ni más ni menos que eso.

Con respecto a los abortos clandestinos. Los estudios que se han hecho a nivel mundial muestran que el marco legal no incide en el número de abortos, ni para abajo ni para arriba (como afirma el Sr. Rodríguez). El marco legal incide en el número de muertes, principalmente producto de abortos no seguros. Las mujeres tienden a escoger un aborto seguro sobre uno inseguro si tienen la opción. Y los abortos seguros se dan principalmente en sistemas de salud de países donde el aborto está despenalizado. Se salvan vidas. Es verdad que, como él señala, la realidad no es simple y el acceso a atención médica es un factor determinante en este sentido. Los dos factores son indispensables en este sentido: acceso a atención médica y la posibilidad de abortar de forma segura.

Voy a introducir información sobre la disminución de los abortos. Esto también equivale a salvar vidas. El índice mundial de abortos es 35 por cada 1,000 mujeres. El índice de Estados Unidos, donde el aborto está legalizado, es 13 (63 % más bajo que el índice mundial) y el índice en Latinoamérica y el Caribe, donde las leyes son comparativamente más restrictivas o donde está prohibido de forma absoluta, el índice es 44 (26 % más alto). A pesar de este dato, como recién mencioné, no parece haber una relación directa entre el marco legal y la disminución. Los dos factores que inciden de forma directa y significativa en la disminución de los abortos son la educación sexual y el acceso a métodos anticonceptivos efectivos.

Con respecto a las víctimas de abusos sexuales. El tema no se limita a una valoración de quién debe pagar por el crimen de la violación. Es más que eso. Todos estamos de acuerdo en que el único culpable es el violador. Amén de leyes y un sistema jurídico funcional que obligue a que pague las consecuencias de sus actos. Ciertamente no debería ser una exigencia que pague el no nacido. Pero tampoco se debe exigir a la niña violada que pague por el crimen.

Sé que la criminalización absoluta del aborto no es la culpable de que haya violadores o abandono y maltrato infantil. Sabemos que estos problemas no se van a solucionar con la despenalización del aborto y que requieren de políticas, intervenciones y cambios de otra naturaleza. Lo sé tan claramente que parte de mi práctica profesional está dedicada al tema. Estoy dispuesta a ignorar por un momento el hecho que crecer en un lugar donde uno no es deseado también es una experiencia difícil y traumatizante y que esto no se toma en cuenta. Pero no podemos seguir ignorando o invisibilizando que existe una relación entre la criminalización del aborto y las muertes de niñas y mujeres.

Yo acepto y puedo reconocer que un aborto es una experiencia difícil y que puede ser traumatizante. Sin duda. Y si no se quieren considerar las condiciones reales en las que se obliga a las niñas a criar a un hijo y queremos pretender que el sistema de cuido y adopción del Estado son una alternativa, pues ni modo. Voy a aceptar esa restricción en aras de no cerrar el espacio de diálogo.

Lo que no puedo aceptar es que no se reconozca que llevar a término un embarazo producto de una violación no solo puede también ser una experiencia difícil y traumatizante, sino que los embarazos precoces pueden tener consecuencias serias e irreversibles en su salud o provocar su muerte. Repito, considero que son la familia de la niña (y el no nacido) y sus médicos los más capacitados para tomar una decisión con respecto a qué es lo mejor para ellos.

Desgraciadamente, es muy difícil determinar cuáles muertes maternas son producto de la criminalización del aborto y cuáles no. Es decir, es difícil identificar con certeza cuantitativa y sin valoraciones extra numéricas cuáles de esas muertes pudieron haberse evitado si el aborto no estuviera criminalizado de forma absoluta. Aparentemente, se ha considerado que los testimonios de niñas, mujeres o de los familiares sobrevivientes de víctimas no son válidos porque no interpusieron demandas a los doctores.

Pero voy a ofrecer algunas cifras sobre muertes maternas que puedan al menos darnos algunas pistas. Cifras de 2011 (las más recientes, desagregadas y confiables que pude encontrar): El 37 % dejaron hijos huérfanos, 181 para ser exactos. El 28 % eran menores de edad. El 42 % fueron provocadas por trastornos hipertensivos del embarazo (eclampsia y preeclampsia), estas son muertes prevenibles. El 39 % fueron muertes por causas indirectas, y de estas, el 40 % fueron suicidios de menores de edad. Este dato representó al menos 13 niñas solo en 2017. Voy a enfocarme en estos últimos pues dejan claro que los embarazos también pueden ser causa de depresión, ansiedad y otros desórdenes psicológicos que llevan al suicidio.

A diferencia de los casos incluidos en el estudio que el Sr. Rodríguez menciona, aquí las víctimas (niñas y no nacidos) están muertas y por tanto no pueden dar su testimonio. Yo voy a intentar hablar por ellos. Según los últimos datos disponibles, la primera causa de muerte notificada de niñas menores embarazadas fue la “intoxicación auto infligida”, es decir, el suicido o muerte accidental por intento de aborto mediante envenenamiento. Está de más decir que la muerte de la niña implica la muerte del bebé.

No lo puedo asegurar con certeza como se me pide, pero muy probablemente evitaríamos la muerte de estas niñas si el aborto no estuviera criminalizado. Al contar con un marco que les proporcione un espacio seguro y no estigmatizado, tendrían la opción de hablar con personas que podrían apoyarlas para tomar mejores decisiones: médicos, su familia. Quizás salvaríamos también a los bebés porque no necesariamente optarían por abortar. Si no se puede entender que estas muertes son actos de niñas en una situación de absoluta desesperación y tener un mínimo de empatía hacia ellas, es poco lo que podremos solucionar.

Sobre el país. En general, estoy de acuerdo con el Sr. Rodríguez. Sin embargo, él menciona, de forma sarcástica, que debemos acordar que matar está permitido. Lo que he dicho e intentado explicar en este y otros escritos es que eso no solo ya está pactado, sino que así debe ser. La realidad y la democracia exigen el reconocimiento de situaciones excepcionales.

A diferencia de él, yo considero que el cimiento de nuestra convivencia está asentado en roca firme. La persona humana se reconoce desde el “instante de la concepción” en nuestra Constitución. ¿Qué más firmeza se puede considerar para esta situación? Lo que se le olvida mencionar es que, en el marco jurídico de cualquier república democrática, nuestros derechos, aun nuestro derecho a la vida, no pueden considerarse como absolutos.

No me parece que su reclamo a nuestros gobernantes sea utópico. Describe el fin del servicio público como debe ser y al que creo debemos aspirar. Pero por todas las razones que he expuesto, yo sigo considerando que la despenalización del aborto en esas dos causales es una medida necesaria y correcta. Mi posición no tiene que ver con vaivenes ideológicos. Al contrario, he intentado honestamente y abogado por que la discusión se aparte del ámbito ideológico.

El Sr. Rodríguez pregunta: “Si aquellos que deben velar por mi bien me permiten –y hasta incitan– a que recorra el camino errado, ¿cómo podré llegar a mi plenitud personal, a mi máximo bienestar, a mi verdadera felicidad?” Mi primera reacción es que no considero que con la despenalización de esas dos causales, nuestros gobernantes estarían haciendo eso. Lo que estarían haciendo es reconociendo que existen los conflictos de derechos, que el Estado no puede anticipar qué es correcto para todas las situaciones y circunstancias en las que estos se presentan y que los mejor capacitados para hacer esa valoración son las familias y los médicos de los afectados. Y mi respuesta concreta sería: Primero, la despenalización del aborto no incita a nadie a recorrer ningún camino que no considere correcto, así como la excepción que me permite matar a otro ser humano en defensa propia no me incita a hacerlo. Y segundo, las personas debemos tener responsabilidad y ética personal para actuar de forma consecuente con el marco legal, el bien común y nuestros principios. La despenalización del aborto no impide esto de ninguna forma.

Y finalmente, estamos de acuerdo: sigamos hablando, no nos contentemos con los parches, busquemos soluciones reales y de fondo a los problemas reales y de fondo que enfrentamos. Como él dice, todos somos parte de los problemas. Todos debemos ser parte de la solución. Estoy de acuerdo en que promover el aborto no soluciona nada, nunca he propuesto que eso es lo que debemos hacer. El Sr. Rodríguez y el sector del gremio médico que se opone a la despenalización del aborto han señalado algunas de las cosas que sin duda debemos atender con urgencia con respecto a la salud de las familias y el bienestar de los niños y niñas abandonados o no deseados. Honestamente deseo que ahora que se han reconocido como prioritarios, no solo evitemos obstáculos para avanzar en ese sentido, sino encontremos a todas esas personas trabajando activamente en su consecución.

*Agradezco a LPG por el espacio otorgado para expresar mis opiniones.

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