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Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

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La campaña presidencial de cara a las elecciones de 2019 muestra en su arranque una situación dispar de los partidos políticos en contienda. Según las encuestas, el candidato del partido GANA comienza con ventaja frente a los candidatos de los partidos ARENA y FMLN. Sin embargo, las proyecciones señalan que ninguno de ellos ganaría en primera vuelta, y el resultado final se decidiría en una segunda vuelta, probablemente entre Nayib Bukele y Carlos Calleja.

El auge de Nayib Bukele se explicaría, principalmente, por el desprestigio de los dos partidos políticos que han tenido el control del Ejecutivo en las últimas décadas y por su incapacidad para resolver los graves problemas del país, aunado a los grandes casos de corrupción ocurridos en los gobiernos de los últimos 25 años. La situación de dichos partidos empeora en este proceso electoral porque no han sido capaces de renovarse acorde con las exigencias de la realidad nacional.

En el caso de ARENA la situación se muestra dramática, debido a los magros resultados conseguidos hasta ahora en aumentar la popularidad de su candidato, a pesar de la inversión millonaria en su campaña. La propaganda de su candidato ha estado repitiendo eslóganes grandilocuentes de forma, pero vacíos de contenido. Se promete unificar al país y crear empleos para todos, pero no se expone la forma concreta y viable de lograrlo, en una realidad marcada desde hace décadas por la desigualdad extrema, la exclusión, la violencia, el estancamiento económico y la crisis fiscal. El sector ultraconservador de dicho partido le crea problemas adicionales, porque lo enajena de la mayoría de los jóvenes en los centros urbanos, muy sensibles por el respeto a la diversidad cultural y por su alejamiento de dogmatismos ideológicos y fundamentalismos religiosos.

Al candidato de ARENA habría que explicarle que un liderazgo efectivo y atractivo no se construye solo a base de golpes de efecto publicitarios ni con acciones oportunistas, sino con una conducta coherente y un discurso renovado que sintonice con los sectores más desfavorecidos por el modelo neoliberal que ha imperado en el país en los últimos treinta años. Esto implica, entre otras cosas, asumir con seriedad la desigualdad y la exclusión que caracterizan la realidad salvadoreña y proponer políticas públicas que las combatan. Pero esto ya implica abandonar la ideología tecnocrática neoliberal y asumir un nuevo tipo de liberalismo de carácter progresista, como lo he expuesto en columnas anteriores.

En el caso del FMLN las encuestas muestran un declive acentuado de su caudal electoral de los últimos años, y se ubica en la tercera posición. El desgaste del gobierno y el inmovilismo del partido y de su dirigencia, a la hora de renovar sus estructuras, su ideología y su discurso, le pasan factura al candidato y mina sus posibilidades de remontar la desventaja en la que se encuentra. Sus problemas electorales se agravan debido a que el centro de su campaña se enfoca, principalmente, en la continuidad o ampliación de las políticas del actual gobierno y en el mantenimiento de los programas sociales, pero no ofrece un cambio significativo de rumbo ni plantea políticas públicas novedosas, más allá del modelo neoliberal, que sean congruentes con una fuerza política que se proclama de izquierda, que pueda entusiasmar de nuevo a la gente que más padece los graves problemas socioeconómicos del país.

El panorama electoral puede cambiar en los próximos meses, dependiendo de los cambios que puedan introducir los candidatos en sus campañas. Sin embargo, el tiempo es corto y difícilmente se puede dar un vuelco radical a la situación en la que se encuentran en la actualidad, a menos de que ocurra algo realmente extraordinario.

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