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De cara a la historia

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Federico Hernández Aguilar

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La democracia es lo que es. Para bien y para mal. Tan impredecible, además, que sus virtudes y defectos han llenado de paradojas los últimos 200 años de historia humana. Sabemos que no existe democracia perfecta, pero sus imperfecciones (también lo sabemos) pueden llegar a tener consecuencias nefastas.

Del mismo sistema democrático que había parido a Hitler, sin cambiar de país y a la vuelta de pocos lustros, surgió Adenauer. La diferencia no radicó en ningún supuesto teórico de la democracia, sino en la terrible experiencia de los alemanes con las fallas del sistema. De la peor manera, en Alemania aprendieron a defenderse de los cantos de sirena, y tomaron la sabia decisión, como Ulises, de amarrarse al mástil para no tirarse al agua. Algo muy similar les pasó después a los polacos, a los chilenos, a los japoneses... La democracia liberal puede prosperar en casi cualquier parte, toda vez que los ciudadanos entiendan cuál es su deber frente a ella, tanto en la potenciación de sus virtudes como en la minimización sus defectos.

La falta de educación democrática es, por las razones expresadas, uno de los peores lastres sociales. Los gobiernos que no invierten recursos monetarios, técnicos y humanos en formar integralmente a sus ciudadanos, están hipotecando el futuro. Y la democracia, repito, es lo que es: una mayoría bien formada e informada elegirá liderazgos sensatos; una mayoría mal formada y desinformada –el sueño de cualquier manipulador– elegirá gobiernos demagogos y tiránicos. La minoría menos formada, en el primer caso, siempre obtendrá beneficios de la sabia elección mayoritaria; la minoría más instruida, en el segundo caso, siempre sufrirá los efectos de la opción tomada por el colectivo engatusado (el que, por cierto, no suele ser culpable de su desamparo educativo).

En pocas semanas nuestra democracia enfrentará una prueba de fuego, quizá la más decisiva desde la firma de los Acuerdos de Paz. De hecho, las consecuencias del resultado en las urnas, el próximo 28 de febrero, podría echar por la borda todos los esfuerzos realizados hasta hoy por consolidar un sistema democrático, libre y representativo. Esto que escribo es dramático, pero está lejos de la exageración. Jamás la democracia, las libertades y la representación política plural se habían visto tan amenazadas como en estos días.

La gran interrogante sigue siendo qué decisión tomaremos los electores y cuáles serán nuestros parámetros. Solo existen dos caminos y son mutuamente excluyentes: o seguimos privilegiando el equilibrio y balance entre los poderes del Estado, o nos lanzamos a la aventura de consolidar todo el poder alrededor de un solo partido y un solo liderazgo. No hace falta darle tantas vueltas. Los comicios legislativos de este año se resumen en un dilema cuyas alternativas implican la supervivencia o no de los valores esenciales de dignidad y libertad humanas. Así de sencillo.

Por eso, quienes tenemos el privilegio de comprender los fundamentos de la democracia liberal, tenemos también el deber de instruir a aquellos de entre nosotros que no han sido tan afortunados. Es iluso esperar que en pocas semanas hagamos lo que treinta años de gobiernos supuestamente democráticos no hicieron para educar a la gente. Pero advertir el peligro –el obvio e inminente peligro– es lo mínimo que podemos intentar. La historia nos observa, y su juicio es inapelable.

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