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De gobiernos y empresarios

Los hermanos nicaragüenses, como los venezolanos, están pasando, sin duda, por la etapa más negra de sus vidas. Ambos casos me causan un dolor insoportable como al que más, pero el de Nicaragua me provoca, además, un sentimiento indescriptible, acaso por el recuerdo de que eventualmente serví de intermediario para que Ortega pudiera reunirse en San Salvador con un grupo de empresarios para estimularlos a invertir en su país, cuando sus connacionales le daban la espalda. Para elevarme a esa categoría, utilizó como peldaños a dos salvadoreños de izquierda y a uno de sus camaradas, el comandante Bayardo Arce.
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Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Después de un cuarto de siglo y leyendo el artículo de Carlos Chamorro –hijo del periodista cuyo asesinato atizó la revolución sandinista–: “Los empresarios ¿cómplices o rehenes de Ortega? –reproducido por El Faro–, ese sentimiento se ha acentuado más, por dos cosas. Primero, por el salvajismo de que ha hecho gala el gobernante aludido al masacrar a una población indefensa, siguiendo las prácticas de su alter ego Maduro. Segundo, porque su permanencia en el poder se viene alimentando desde 2009, de un acuerdo espurio con la empresa privada organizada. Así, esta se ha convertido en cómplice de un dictador sanguinario y, como corolario, como parte de la corrupción descarada que lo ha hecho célebre en América Latina, aprovechándose de los poderes omnímodos que se ha auto recetado.

Siendo así, resulta desafortunado que el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) –la ANEP nicaragüense– se convirtiera eventualmente en compañero inseparable, cuando no en súbdito, de la monarquía Ortega-Murillo. Ello dio paso al considerado, por muchos, como un “corporativismo autoritario”. En un sentido figurado, este consiste en una alfombra de dos colores y de diferente textura donde reposa el podio que utiliza el dueto presidencial para martillar constantemente. “Nosotros mandamos y caminamos por este lado; ustedes por el otro, pero los dejaremos trabajar, con las ‘ventajas’ que el sistema nos brinda a ambos”. Así surgió lo que los propios empresarios llaman el “Modelo COSEP”. Este, en opinión de muchos, ha sido en gran parte responsable de haber echado por la borda las legítimas aspiraciones de los nicaragüenses, al dinamitar las bases en que se asienta toda democracia funcional.

Pero, por otro lado, amigos empresarios salvadoreños me han comentado sobre el mar de oportunidades que ofrece Nicaragua, algo impensable en su propio país. La duda que me asiste es si este mero hecho los ha estimulado –u obligado– a caminar por aquella alfombra, sin olvidar los ofrecimientos que don Daniel les hizo a los presentes en la citada reunión: seguridad jurídica y física, tratamiento especial para facilitar trámites administrativos y generosos incentivos (¿?) para estimular el flujo y arraigo de sus inversiones en la tierra de Darío.

Ese plegamiento de los empresarios a los dictados de la dupla gobernante, sin duda, ha contribuido al importante crecimiento que ha venido registrando Nicaragua por varios años; que, en promedio, duplica el nuestro. Lo que no se puede obviar es la valoración de la pérdida de bienestar que, en todo sentido, ha experimentado el grueso de la población, para beneficio de unos pocos. Tratándose de las tareas del desarrollo integral de los países, lo ideal sería que todos los sectores actuaran con visión compartida. Y aunque esto es imposible, resulta repudiable que uno de ellos se pliegue al gobierno de turno para expoliar a la mayoría. Por ello, el caso nicaragüense constituye un expediente nefasto.

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