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De hoy en adelante, se hará aún más obligatorio estar debidamente preparados para las contingencias que puedan presentarse

Lo que no se puede permitir, independientemente de las razones que se aduzcan al respecto, es que el país vaya a la deriva por errores de planteamiento y de seguimiento.

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Tuvo que venir esta prueba crítica que nadie se esperaba, y mucho menos en forma de avalancha incontenible como ha sido el caso, para que empezara a circular en el ambiente la convicción aún muy poco definida de que hay que prepararse lo más y mejor que sea posible a fin de poder hacerles frente a las contingencias que se vayan haciendo presentes en cualquiera de los espacios de esta complejísima realidad de nuestros días.

Las labores y los compromisos derivados de esta situación constituyen un entramado de responsabilidades que abarcan a todos los sujetos nacionales y también a la ciudadanía en su conjunto. En esta circunstancia específica, que nos tomó a todos completamente desprevenidos, tenemos que acelerar el paso hacia la máxima efectividad para que todo lo que toque hacer se vaya concretando sin extravíos de ninguna índole, porque eso sería exponernos aún más a sufrir los nefastos efectos de la ineficiencia, que ya ha dejado tantos destrozos en el ambiente nacional.

La exigencia anterior no es un simple imperativo circunstancial, sino que representa la nueva modalidad de la conducta ciudadana frente a todo lo que se nos pueda presentar en lo que venga. Estamos, pues, ante un desafío de cambio que debe asumirse como tal para estar a tono con los tiempos actuales y con los que estén por venir. Nos toca, entonces, revisar desde ahora todas nuestras realidades, e ir tratándolas de acuerdo con los requisitos de la dinámica evolutiva puesta al día sucesivamente. En nuestro caso, esto viene a juntarse con el seguimiento de las transformaciones que surgieron de los acuerdos que le dieron paso a la posguerra desde 1992, muchas de las cuales continúan inconclusas con algunas ni siquiera emprendidas en lo sustancial.

Hacia el avance en eso tendrán que apuntar buena parte de los compromisos y los empeños que prevalezcan en los distintos ámbitos del quehacer nacional, y particularmente en la zona política más determinante, que es en la que se toman las principales decisiones. En ese plano y en ese nivel es de la máxima trascendencia que se comience a habilitar un esquema de armonía que permita coordinar todas las iniciativas de manera oportuna y pertinente. En el plano de la realidad en funciones, estamos muy lejos de  alcanzar esa meta elemental, que es en verdad un requisito propio de la dinámica democrática que hemos adoptado como regulación de vida social y política.

Estamos por ver los resultados de las elecciones por venir y, sobre todo, los balances que surjan de las mismas. Confiamos en la visión del electorado, cuyos mensajes hay que atender para beneficio de todos los salvadoreños como debe ser en una democracia que se respete a sí misma, independientemente del accionar partidario y de las fuerzas que se muevan detrás de él. El término clave, siempre y aún más en este momento, debe ser “balance” para servirle a un ejercicio evolutivo que esté en línea con las mejores causas del progreso nacional.

Lo que no se puede permitir, independientemente de las razones que se aduzcan al respecto, es que el país vaya a la deriva por errores de planteamiento y de seguimiento, porque eso sería apostarle al estancamiento y, peor aún, al retroceso en cualquier sentido, porque si eso ocurre estaríamos abriéndoles espacios a los trastornos estructurales sin retorno. Y a lo que le debemos apostar es a una sana evolución que nos habilite un mejor futuro.

El Salvador tiene potencialidades y capacidades suficientes para avanzar con auspicios positivos; pero para ello debe funcionar como conglomerado unitario, donde todo sume para seguir adelante.

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