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De la intolerancia humana a la falta de institucionalidad en El Salvador

Si bien es cierto en nuestro país se han dado avances significativos para que exista institucionalidad, es decir, que las instituciones estén vigentes y actúen en consecuencia según sus propios fines y objetivos en pro de la armonía, igualdad y equidad de las relaciones sociales, aún hace falta que dicha actuación institucional sea más legal, legítima y auténtica.
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Mauricio Paz Manzano, Consultor y facilitador

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Legal, por cuanto lo que permanece es el cambio. Por ello, las leyes en sí mismas, primero, deben ser aplicadas y segundo, su texto cada cierto tiempo debe ser revisado para que dicha aplicación no ronde en esquemas rígidos, ilógicos, atemporales y hasta arbitrarios. Legítima, porque su aplicación no siempre es justa, de ahí que muchas acciones judiciales al aplicarse tal cual lo dice el texto de la ley se acerquen al espectro de la injusticia y el ridículo. Como cuando se liberan imputados, prácticamente condenados, por un documento mal escrito o por la falta del mismo en un cúmulo de miles de documentos convertidos en evidencias claras y definitivas. Auténtica, para darle mérito a que es ciega y su aplicación va directamente contra el infractor independientemente de su posición social. Basta observar la historia y contra quién se ha aplicado la ley: en las personas de cuello negro. Y esto llega a los límites de la actualidad social que tanto nos embiste y atropella. Nunca será auténtica, con todo su poder, si no se aplica a las personas de cuello blanco. Se puede hablar de muchos casos, pero se puede reseñar uno reciente, donde la sentencia jurídica contra tres personas de una empresa consistió en pagar una cantidad risible de dinero a familias que sufrieron una contaminación atroz, siendo liberadas de la responsabilidad de atentar contra la vida humana. Surgiendo la pregunta, ¿por qué se les obliga a pagar una cantidad de dinero (convertida en burla) si eran inocentes? ¿Por qué transcurre tanto tiempo para alcanzar una sentencia tan aborrecible?

La aplicación de la ley, sin los criterios explicitados, la hacen las personas y en consecuencia solo puede provenir, la mayor de las veces, de la intolerancia de las mismas personas que intervienen en este tipo de procesos. ¿Pero qué signa a esta intolerancia? Algunos ejemplos pueden ilustrarla. Inicia, en una colonia, desde la posesión violenta que pocos vecinos hacen de pasajes peatonales para convertirlos en pasajes vehiculares, atentando contra la vida de quienes circulan a diario por el mismo. Y la municipalidad no actúa porque quienes impulsan esta medida de fuerza son miembros del partido político que la rige. Continúa, con la huida intempestiva de un motorista que atropella a una anciana indigente, frente a la sospechosa mirada de policías indiferentes. Finaliza, con la inercia de un viceministerio, rendido ante el poder, que le subyuga, proveniente de transportistas que se empeñan en dibujar de negro nuestra ciudad, nuestra vida.

Siendo así, la influencia de intereses personales e individuales genera que las personas vivamos en un miasma donde el más fuerte sigue prevaleciendo sobre el más débil e impotente. La intolerancia del fuerte es prepotencia, y esta persona puede insultar, engañar y llegar hasta las últimas consecuencias, asesinar. Ante la endeble mirada de las instituciones que en lugar de prevenir y actuar legal, legítima y auténticamente, prefieren mirar de soslayo.

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