De los Acuerdos de Paz a los Acuerdos de Desarrollo (X)

Una bomba de creciente poder destructivo nos reventará, si no adoptamos y ejecutamos una visión y estrategia compartida de creación acelerada y sostenida de riqueza.
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“La economía, estúpido¹” es la frase que deberíamos acuñar para enfocarnos en la bomba de creciente poder destructivo que nos reventará, si no adoptamos y ejecutamos –eficientemente– una visión y estrategia compartida de creación acelerada y sostenida de riqueza en las próximas décadas. Consecuentemente, los Acuerdos de Desarrollo y su ejecución eficiente deberían de constituir la primera prioridad de la nación salvadoreña (junto con los Acuerdos de Seguridad y Convivencia).

Ningún país puede desarrollarse y progresar, consumiendo más de lo que produce, ahorra e invierte, e importando más de lo que exporta, financiando estos desequilibrios durante tres décadas y media, con el éxodo y remesas de su gente. Menos aún si estas ya no alcanzan para financiar el déficit comercial (20 % del PIB) y el creciente déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos (5.7 % del PIB). Con proyecciones de crecimiento de mediano plazo de 1.5-2 % del PIB, la deuda pública llegará al 70 % del PIB en 2019, y al 85 % en 2024, tanto por el bajo crecimiento como por la creciente deuda previsional. Esta aumentará 8,928 millones en la próxima década, con un promedio de amortización de $812 millones anuales (3.7 % del déficit fiscal).

Para comenzar a hacer sostenible la deuda pública hay que 1) reformar ya el sistema de pensiones; 2) reestructurar ya la deuda pública, mejorándole su perfil, y refinanciando, en las mejores condiciones posibles, la creciente deuda previsional de la próxima década; 3) aumentar el PIB en un 73 % en una década, de $24.7 mil millones en 2014 a $40.3 mil millones en 2024, con tasas de inversión privada y pública del 20 y 5 % del PIB, respectivamente, que posibilite un crecimiento promedio anual del 5 %; 4) cerrarle los portillos a la evasión y elusión fiscal, recuperar la mora fiscal acumulada, implantar el impuesto predial y hacer una reforma fiscal integral que no desincentive la inversión privada y el crecimiento; 5) disminuir el déficit fiscal del 4 % hasta convertirlo progresivamente en superávit fiscal con un balance primario de 1-2 % del PIB.

Si bien será muy difícil viabilizar un plan con estas características, debemos intentarlo seriamente, aproximándonos a dichos parámetros que contienen metas mínimas para comenzar a salir del entrampamiento que padecemos y superar progresivamente la crisis en ciernes que tenemos enfrente. Esta propuesta, por ejemplo, no considera, $,2500 millones anuales adicionales de presupuesto público (50 % del presupuesto actual) que deberíamos invertir adicionalmente para enfrentar las deudas, brechas y requerimientos mínimos en lo social (educación, salud, vivienda mínima y protección social básica); en seguridad y convivencia ciudadana; en medioambiente, cambio climático, reducción de riesgos y mitigación de desastres naturales; en agua, alcantarillados y saneamiento; y en infraestructura y logística.

La infraestructura, el transporte y la logística, el cluster de servicios aeronáuticos, la plataforma industrial-tecnológica exportadora, la transformación de la matriz energética y los proyectos de desarrollo turístico son los sectores llamados a transformar la economía e insertarla competitivamente en la nueva economía internacional, dinamizando a su vez a aquellos sectores pequeños y medianos que abastecerían una parte de su demanda de bienes y servicios. Dichas inversiones y proyectos y la gestión de sus empresas corresponden al sector privado, debiendo evitarse utilizar recursos escasos del Estado destinados a necesidades prioritarias.

Para financiar los proyectos y áreas donde se gestaría y desarrollaría la nueva economía, debe crearse un fondo de inversiones público-privado de $2-2,500 millones. Estas serían las empresas y sectores que posibilitarían altas tasas de inversión y crecimiento, creación de empleo decente e ingresos crecientes para los particulares y el Estado, dinamizando al resto de la economía.

Semejante visión, plan y disciplina de inversiones, crecimiento y ajuste fiscal expansivo conlleva un profundo cambio de visión y actitud del liderazgo político y profesional-tecnocrático del Estado salvadoreño, y/o su sustitución progresiva, y de una parte del estamento profesional e intelectual del país. El nuevo Estado emprendedor propulsor de la creación de riqueza deberá conformarse con los mejores, aquellos centrados y comprometidos con la inversión, el crecimiento y el empleo decente, con el desarrollo y la cohesión social como factores esenciales de la productividad y competitividad de personas, empresas y del país entero, con conciencia superior de la optimización y rentabilidad de recursos –dinero, activos y tiempo– y con la creación de cada vez más confianza y certidumbre de mediano y largo plazo, y minimización de riesgos diversos.

Con esta serie de 10 artículos que hoy concluyen he introducido, sintéticamente, algunos temas en torno a los eventuales Acuerdos de Desarrollo, convencido de que, 23 años después, les ha llegado su hora. Estos, además de consensos, necesitarán mucho liderazgo, tanto en la visión como en su ejecución, en el Estado, en el sector privado, en la intelectualidad y en la cooperación internacional para el desarrollo.

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1 Frase acuñada por James Carville, asesor político-electoral de Bill Clinton en su exitosa campaña presidencial de 1992. La frase fue dirigida a Clinton y a su equipo de campaña como una de las tres prioridades para enfocar la estrategia y el mensaje, siendo popularizada como “es la economía, estúpido”.

Tags:

  • migracion
  • remesas
  • crecimiento
  • desarrollo

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