De nuevo, el tema de lectura de la Biblia

Hace unos días el diputado Antonio Almendáriz, con el apoyo de varios de sus colegas, presentó a la Asamblea Legislativa un nuevo proyecto de decreto que busca instituir la lectura de la Biblia en las escuelas públicas, durante diez minutos al inicio de las jornadas, como herramienta de prevención de la violencia.
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 Para mí, es digna de reconocer la tenacidad de dicho legislador en continuar luchando en un ambiente de tinieblas en donde ya se ensayaron una serie de planes, sin que se hayan obtenido los resultados que la población hubiese esperado; y por el contrario, el número de jóvenes reclutados por esos grupos ha crecido exponencialmente, encontrándonos en un ambiente de temor e inseguridad, principalmente al inicio del año escolar. ¿Por qué no volver, pues, los ojos hacia Dios, humillarnos, dejar la arrogancia o desinterés y buscar otra salida?

Creo recordar que este es el cuarto intento sobre el tema que se inició en la Asamblea en 1999, en cuyo seno y en la sociedad salvadoreña produjo un intenso debate y una férrea oposición de varios sectores, siendo uno de los más fuertes el de la PDDH de la época. Pero el esfuerzo continuó y en el tercer intento, la legislatura aprobó el respectivo decreto el 1.º de julio de 2010, el cual superaba en gran manera los argumentos esgrimidos anteriormente por los opositores, pues se nombrarían comisiones mixtas encargadas de seleccionar los textos bíblicos, destacándose aquellos que llevaran consejos y reflexiones a los niños y jóvenes, como los contenidos en el libro de Proverbios, que hasta donde yo sepa, existe en todas las versiones actuales de la Biblia; además, aquellos padres de familia o alumnos adultos que no estuvieran de acuerdo, simplemente comunicarían por escrito su decisión y no habría sanción alguna.

Pero dicho decreto legislativo fue vetado por el presidente de la República el 27 de julio de ese año, aduciendo razones de inconstitucionalidad, por contrariar el art. 25 de la Constitución que garantiza la libertad de cultos.

Por supuesto que para mí como abogado, resultaría muy cómodo cobijarme dentro de la idea del “Estado no confesional”, “Estado democrático” o “Estado laico”, que por años he venido escuchando. También sé que iniciativas como esta originan polémicas, porque se dice que son “asuntos de religión”, en donde el gobierno no debe inmiscuirse, ya que es la libertad individual la que decide su respectiva creencia o falta de ella. Pero no debe olvidarse que fue la misma Asamblea Legislativa, la que por D. L. n.º 1082 del 5 de diciembre de 2002 designó como “Día de la Biblia” al segundo domingo del mes de diciembre de cada año, por lo que yo invitaría a que se releyera el texto de dicho decreto para confirmar que la inmensa mayoría del pueblo salvadoreño profesa la fe cristiana y que si lee detenidamente el proyecto presentado, que los medios equiparan al anterior, se comprenderá que no es asunto de religión, pues no está orientado a ritos, sino a lecturas reflexivas tomadas de la más grande obra maestra que haya producido la literatura universal.

Por otra parte, como ciudadano preocupado por mi país y el futuro de las nuevas generaciones, creo que es mi deber tener otra visión de los tiempos.

El art. 25 Constitucional esgrimido en el veto dice: “Se garantiza el libre ejercicio de todas las religiones, sin más límite que el trazado por la moral y el orden público...”. Pero, ¿qué modelo de moral es la que tenemos ahora?

Lo limitado del espacio no da para más. Solo me resta estimular al diputado Almendáriz a no desmayar en su nuevo intento y recordarle que la caída de los muros de Jericó requirió de siete esfuerzos.

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