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De nuevo se hace evidente el imperativo de austeridad pública

El problema se agudiza porque el Estado –cualquier Estado, desde los más poderosos hasta los más débiles– está siempre expuesto a creer que su endeudamiento puede ser infinito.
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Por más vueltas que se le quiera dar al asunto, la realidad inocultable es que nuestras finanzas públicas están en situación crítica, y esto desde luego no es de ahora, aunque sin duda el haber venido aplicando simples medidas coyunturales, es decir, remiendos de ocasión, lo que ha hecho es complicar más las cosas. En la base de todo ello está una verdad que nunca debería dejar de practicarse, ni en lo personal ni en lo social ni en lo institucional: el que gasta más de lo que tiene va camino del desastre. El problema se agudiza porque el Estado –cualquier Estado, desde los más poderosos hasta los más débiles– está siempre expuesto a creer que su endeudamiento puede ser infinito. Y ya vemos las consecuencias de esa falacia en países como los europeos.

En nuestro caso, las debilidades estructurales endémicas hacen más difíciles las cosas. No contamos con una economía productiva que le sirva de sostén suficiente al desarrollo. Las demandas sociales insatisfechas van en crecimiento. Las tentaciones políticas de sacar provecho de tales necesidades son una vía muy fácil de lucimiento inmediato. Y si a esto se agrega la inmadurez manifiesta de los liderazgos nacionales, ya tenemos el panorama ideal para que la crisis se instale cómodamente. Y eso es lo que estamos viendo en el día a día.

Hablar de austeridad siempre es ingrato, sobre todo en los ámbitos de la política, donde según la práctica común “se llega a estar bien”. Sin embargo, las circunstancias de la realidad que actualmente vivimos vuelven imperativo incorporar la austeridad como un componente inexcusable del comportamiento institucional en todos los órdenes. Y esto es aún más imperioso cuando la situación en que viven infinidad de salvadoreños es verdaderamente calamitosa. A eso se agrega que los círculos oficiales están expuestos hoy, como nunca antes, al escrutinio ciudadano, pese a todas las maniobras restrictivas que se le buscan imponer a dicho escrutinio.

El Ejecutivo viene estableciendo, mediante decreto, medidas de austeridad y ahorro aplicables a su propio desempeño, lo cual en sí es una línea de acción acorde con las exigencias del momento; pero hasta la fecha hay poca evidencia de que tales medidas tengan impacto significativo en lo que verdaderamente representa el gasto gubernamental. Lo cierto es que la tendencia a lo superfluo sigue haciéndose sentir en los diversos círculos del poder, como pudo constatarse una vez más con el surtido de regalos navideños en la Asamblea Legislativa. Y, por otro lado, la parcializada política de reparto de bonos se repite en el ámbito público con variadas formas de presión.

Hay que subrayar que la austeridad debe ser una norma de conducta permanente, en el sentido de gastar en lo que conviene y beneficia teniendo en cuenta las disponibilidades reales de recursos. Lo que ya no se puede es seguirle cargando cifras al endeudamiento como si fuera una fuente normal de recursos. Y tampoco se puede recurrir alegremente al incremento tributario sólo porque se necesitan fondos. Austeridad debe ser, en los hechos, sinónimo de responsabilidad; y en la medida que esto se ponga en práctica tendremos espacio disponible para vitalizar lo fundamental, que es el crecimiento productivo.

Entendemos que los intereses políticos y las aspiraciones de imagen se interponen a cada paso en esta ruta ordenadora, pero la realidad no perdona, y cada día exige con más apremio que la conducción nacional se ajuste a los límites que establecen las circunstancias mismas.

Tags:

  • medidas coyunturales
  • tentaciones politicas
  • incremento tributaario

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