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De populismo y liderazgo...

Los recién celebrados comicios en el hermano país de Ecuador arrojaron los resultados ya hoy predecibles en el continente americano: resultados partidos casi a exactitud por la mitad, cincuenta por ciento por un lado, cincuenta por ciento por el otro, desde los Estados Unidos de América hasta la República Argentina. Estos resultados producen una polarización que conduce a la casi total inercia, donde las imperativas de los pueblos no se atienden sino los intereses ideológicos partidarios.
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Qué triste es ver a esa gran nación del norte sumergida en esa inercia institucional, en esa extrema polarización partidaria e ideológica, en esas jugarretas políticas cuyo exclusivo propósito es perpetuar en el poder a aquellos ya en sus respectivos “tronos”; donde cada actividad lleva consigo una clara y nefasta dedicatoria al bando contrario, donde el esfuerzo creativo es malgastado en el daño y la venganza. Una nación fundada en grandes ideales, hoy ignorados y atropellados, sumergida en sus más oscuros instintos, ¿dónde están los nuevos Kennedy, Reagan, Tip O’Neil, entre otros?

Infértil tierra de líderes resultó ser el Imperio en este siglo XXI, es razonable preguntarse ¿qué pasó con el “gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”?; extraño es, si siempre se nos dijo que estos comportamientos eran de uso exclusivo de aquellos que pululamos al sur del Río Grande. Well, “Welcome to the Americas”.

Pero ¿por qué esta polarización produce resultados tan negativos? Todo parece indicar que el factor predominante es el liderazgo excluyente –si a esto se le puede llamar liderazgo–, es decir, aquellas actitudes de dejar fuera a todos aquellos que no comparten a exactitud nuestros idearios, y en el peor de los casos no lucen o creen como nosotros. Una clara característica del líder excluyente es la tendencia de rodearse de sicofantes, de aquellos aduladores que a todo le dicen sí, los famosos y tristemente célebres “yes men” allá en el norte.

Exploremos por un momento lo que podríamos llamar el antónimo de liderazgo excluyente... el liderazgo incluyente. El liderazgo incluyente nunca, repito, nunca, busca consenso, el liderazgo incluyente construye consenso (M. L. King), pacientemente, ladrillo por ladrillo; respeta la singularidad de todos y cada uno de los miembros; busca constantemente la opinión de todos sin exclusión alguna; produce sentimientos de pertenencia, produce confianza entre líderes y seguidores, y más importante, pone los intereses del colectivo totalmente por encima de los individuales, los propios.

En nuestro querido El Salvador no hemos podido superar esta condición de sociedad excluyente, persiste hasta hoy día la segmentación de nuestra población de acuerdo con diferentes clases artificiales: condición económica, etnia, color, entre otros... ese pernicioso eurocentrismo, tan prevalente en el mundo entero.

Nuestra sociedad excluyente se manifiesta hoy día, con todo su esplendor, en nuestra clase política, basta con observar la membresía de los partidos políticos para corroborar dicha condición, ¿y los resultados? De pobres a nefastos, siempre en beneficio de los de turno y sus aduladores, de la oposición y sus aduladores, y de todos aquellos que pululan las cortes del poder reinante.

La diferencia entre el Imperio y nuestro querido El Salvador es simple: allá la condición es temporal, las instituciones y la realidad corrigen los rumbos, poniendo los intereses de nación primero; aquí la condición es permanente, por lo menos así parece, pero ¿es nuestra “realidad” inevitable? ¿Estamos sometidos a un determinismo histórico? ¿A un pétreo e irreversible destino? No lo creo, la respuesta está en el despertar de nuestra juventud. Las elecciones de 2018 son clave para este proceso de renovación: vote por su partido, pero vote por la foto del total desconocido.
 

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