Debemos tener presente siempre que la democracia no es una refriega de ocasión sino un compromiso serio de todos los días

En la democracia, políticamente hablando, no hay enemigos, aunque los contendientes se disfracen obstinadamente de tales.
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Cuando en nuestro país se instaló la democracia como régimen de vida política allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo, eso fue producto del colapso irreparable del régimen anterior, que era una mezcla de dos factores artificiosamente convergentes: falta de proyecto histórico nacional y camisa de fuerza autoritaria para controlar dicha falta. Hay que subrayar entonces que la opción democrática fue producto de la necesidad, ya que todas las variantes autoritarias se habían vuelto inviables. Al ser así, no hubo en un comienzo ningún concierto de voluntades que empujaran el nuevo proyecto, y tampoco después lo ha habido: eso quiere decir que el proyecto democrático nacional todavía está necesitado de motores articulados que aseguren su avance.

En verdad, donde sí se ha mantenido verdaderamente viva la condición democrática es en el esquema electoral vigente, y más aún desde que en 1992 se activó el efecto amplificador de la solución política de la guerra. Las fuerzas políticas hacen su juego, aunque hay que decir que lo hacen en forma mecánica, porque ni siquiera han actualizado sus idearios originales ni se han ocupado de ponerse al día en lo tocante a la funcionalidad interna. Todo lo anterior significa que en muchos sentidos estamos democráticamente en pañales, lo cual genera incertidumbres de variada índole y mantiene al proceso en constante inseguridad sobre su funcionalidad de presente y su viabilidad de futuro.

Este simplismo mecanicista de la competencia, que se concentra en los clisés tradicionales y se resiste a superar los prejuicios acostumbrados, hace que desde la dinámica del proceso no se produzcan los estímulos inspiradores que la democracia necesita para generar confianza y esperanza. En nuestro caso, bien podríamos hablar de una democracia desesperanzada, lo cual viene a ser la antítesis de la misma. Esto se manifiesta de distintas maneras en las fuerzas organizadas y en la ciudadanía: dichas fuerzas se vuelven cada vez más proclives a las distorsiones corruptas y la ciudadanía padece fatiga crónica frente a los desafíos que no acaban de encontrar respuestas verdaderamente motivadoras.

¿Por dónde habría que emprender las nuevas prácticas que sean capaces de corregir los vicios que se resisten tan obsesivamente a ser tratados como tales? En primer lugar, es en el campo de los liderazgos nacionales donde habría que iniciar el esfuerzo. Pero decirlo así en forma genérica es no decir mucho: alguno de los liderazgos políticos tendría que tomar la iniciativa, sea en el área gubernamental o en el ámbito partidario. Hasta el momento, lo que se ve es indecisión nerviosa, que está umbilicalmente ligada con las ansiedades y las inseguridades de la competencia electoral constante. Es como si los contendientes dudaran a cada paso de su propia capacidad para ser competidores de veras.

Y es que ahí hay un cruce de imágenes que es muy perturbador: los competidores que se tratan como enemigos. En la democracia, políticamente hablando, no hay enemigos, aunque los contendientes se disfracen obstinadamente de tales. En esa confusión voluntaria está la raíz conflictiva del estado de cosas que vivimos. Y eso mismo es lo que impide que la democracia pueda ir haciéndose valer de manera natural no sólo en lo político sino en todas las otras áreas donde la democratización tiene un rol decisivo, como decir el área económica y el área social. Es preciso entonces ir saneando todo el aparato institucional a partir de la renovación de las actitudes, de las percepciones y de los conceptos en juego.

Entendamos todos de una vez por todas que la democracia exige como ingredientes básicos de su ejercicio la racionalidad y la efectividad. Y justamente esos son los elementos que más se extrañan en el ambiente. En cuanto a la racionalidad, lo primero que habría que tener en cuenta es que en el quehacer democrático todo es relativo, comenzando por el reparto del poder. Y en lo que toca a la efectividad, como la democracia es dinamismo permanente, si éste no es efectivo todo lo demás se va volviendo inoperante. Como decimos cuantas veces se hace oportuno, el vivir democrático es una prueba natural y cotidiana, no un brote de ocasión. A esa naturalidad tenemos que apuntarnos los salvadoreños, para estar a tono con lo que la realidad nos depara.

La aceleración actual de los tiempos nos pone a todos ante la urgencia de hacer las cosas ya; y en el tema que tratamos dicha urgencia es aún más vívida. Debemos perfeccionar nuestro quehacer democrático para salir adelante en todo lo demás.
 

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