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Defensa, silencio y pasividad ante la dictadura nicaragüense

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Roberto Rubio-Fabián / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Hace casi 9 años escribí un artículo titulado “Somoza ha resucitado”, donde expresaba lo siguiente: “A Nicaragua le costó mucho, muchísimo, deshacerse de la dinastía Somoza y llegar a la democracia. Ahora, de un plumazo de tinterillo, se escribe de nuevo el guion de las deformaciones históricas contra las que luchó con sangre el pueblo nicaragüense: control del Estado, autoritarismo, corrupción y enriquecimiento familiar, el líder usurpando la representación del pueblo, fraude electoral, etc. Vaya socialismo el de nuestro vecino.

Ortega ya tenía casi todo el poder en sus manos. Ungido del poder popular y convertido en voz del pueblo, es fácil afirmar que todo lo que quiere Ortega lo quiere el pueblo. Y si Ortega quiere cambiar la Constitución, violarla, acomodarla para reelegirse, es porque el pueblo lo quiere... y por supuesto Rosario Murillo. En fin, Somoza ha resucitado”. (10/2009).

En esos momentos, muchos defendían el asalto a la institucionalidad por parte de Ortega, entre ellos el estrenado gobierno del FMLN (como lo siguió haciendo el presente gobierno). Mientras tanto, otros gobiernos y grupos empresariales tomaron una actitud pasiva, que en algunos casos rayaba con la complacencia.

Ahora ya no se trata de un asalto a la institucionalidad, sino de una feroz represión desde una “institucionalidad” al servicio de una sangrienta dictadura. Ya son más de 300 muertos a manos de las hordas sandinistas, al viejo estilo de los escuadrones de la muerte. Hay centenas de personas entre capturados, torturados, y desaparecidos. Se reprimen masivas manifestaciones por los niños muertos o por las madres doloridas. No se respetan infantes, ancianos, sacerdotes y obispos. Ni la dictadura de Somoza fue tan sangrienta y cruel.

Hay quienes defienden esas atrocidades. Entre ellos, dirigentes que se autodenominan de izquierda, que en su época protestaron y se rasgaron las vestiduras ante las masacres estudiantiles, la represión durante el entierro de Monseñor Romero, las torturas en las mazmorras de los cuerpos de seguridad, los asesinatos de los escuadrones de la muerte, el control de los medios de comunicación e inexistencia de libertad de expresión, la corrupción de los gobiernos militares, dirigentes que otrora clamaban la intervención de los organismos de derechos humanos. Dirigentes que hoy, desde las mieles del poder, defienden sin vergüenza todos esos aberrantes y criminales comportamientos de la dictadura de Ortega.

Hay otros políticos que no se atreven a defender la dictadura de Ortega-Murillo, y guardan silencio. ¿Cuáles es la posición de Bukele y Nuevas Ideas al respecto? Sería interesante interrogarles sobre ello. Quizá así por primera vez conozcamos de ese movimiento algún posicionamiento sobre un tema relevante.

Finalmente, existe un amplio campo de pasividad. ¿Hemos escuchado algo de la Iglesia Católica, sobre todo cuando la Iglesia nicaragüense está siendo asediada? ¿Han dicho algo el gremio de periodistas ante la muerte y agresiones a sus colegas? ¿Qué dicen los movimientos estudiantiles de la masacre a sus compañeros? ¿Y las ONG de Derechos Humanos que tanto han solicitado la intervención de organismos internacionales ante las violaciones de esos derechos en nuestro país? ¿Y la Asamblea Legislativa? ¿Algún pronunciamiento de condena? ¿Y la solidaridad internacional de la fracción legislativa de ARENA, que hoy tiene la mayor capacidad de mover mayorías? En fin, duele pensar que exista tanta comodidad y falta de indignación ante la sangrienta dictadura vecina.

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