Dejemos respirar al país

Cuando nos detenemos a pensar en lo que viene pasando en nuestro medio prácticamente desde siempre es inevitable sentir que lo que se ha impuesto cada vez con más fuerza es un cúmulo de equivocaciones sucesivas, en el que todos, quién más quién menos, tenemos nuestra cuota de responsabilidad, por acción o por omisión.
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Desde luego, entrar en una fase distinta requiere muchas cosas, comenzando por el cambio de actitudes. Dejar de lado el desaliento para asumir el compromiso. Salir del círculo vicioso de la queja para pasar a la ruta abierta del empeño. Liberarse de la frustración para animarse a la participación. Todo eso exige una buena dosis de valor, en lo que los salvadoreños venimos entrenándonos a lo largo del tiempo. Es hora de recoger los frutos de todos los sacrificios históricos acumulados. Pero esa cosecha tan merecida requiere que todos, comenzando por los liderazgos nacionales, “nos pongamos las pilas”, como se dice en lenguaje coloquial. En primer término, y como medida de sanidad natural, hay que dejar que el país respire. Es decir, que el aire fresco penetre por todas las rendijas de nuestra realidad, haciendo posible la vivificación de las fatigadas energías nacionales. Esto parece una imagen de fantasía, pero es una necesidad de vida. Respiración en pleno es lo que necesitamos para empezar.

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