Déjenla morir en paz

El tumor inoperable de Brittany estaba alojado en la parte del cerebro que controla la memoria, el lenguaje y la toma de decisiones. Dos doctores, que no se conocían, concluyeron de manera independiente que ella tenía menos de seis meses de vida.
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Hay muertos a quienes los vivos nunca dejan en paz. Este es el caso de Brittany Maynard, quien se quitó la vida el pasado primero de noviembre, luego de ser diagnosticada con un cáncer cerebral incurable. Tenía solo 29 años de edad. Su muerte se sigue debatiendo en Estados Unidos. Hay muchos que creen que nunca debió suicidarse con ayuda médica y que debió, en cambio, dejar que la enfermedad la matara lenta y dolorosamente.

El tumor inoperable de Brittany estaba alojado en la parte del cerebro que controla la memoria, el lenguaje y la toma de decisiones. Dos doctores, que no se conocían, concluyeron de manera independiente que ella tenía menos de seis meses de vida.

En ese momento Brittany hizo dos cosas: primero, una lista con todo lo que tenía pendiente –incluyendo una visita al cañón del Colorado–, y dos, un plan para morir en sus propios términos, antes que el cáncer afectara seria e irremediablemente sus facultades mentales.

Ella y su esposo, Daniel Díaz, de origen cubano, se mudaron de California a Oregón –uno de los tres estados norteamericanos que permiten la eutanasia o “suicidio asistido”– y buscaron ayuda médica para que Brittany pudiera quitarse la vida con medicamentos.

Hace unos días conocí a Daniel. Lleva todavía el anillo de casado. Cada vez que habla de ella, casi como un reflejo, los ojos se le llenan de lágrimas. Daniel es un hombre en luto, de esos que cargan un dolor inocultable.

¿Cómo se quitó la vida Brittany?, le pregunté. “El primero de noviembre nos levantamos, desayunamos, fuimos a caminar con la familia y amigos”, me dijo Daniel, “al llegar a la casa ella supo que ya era el momento. El dolor que estaba sufriendo era cada día peor. Estaba acostada en la cama: el paciente tiene que tomar cuatro o cinco onzas de líquido”. Ese líquido es una potente combinación de sedantes y depresores del sistema respiratorio. “A los cinco minutos se durmió y a los 30 minutos las respiraciones bajaron a un punto en que murió, tranquila, en paz”.

Este método –en que el paciente se quita su propia vida– no tiene los problemas legales que enfrentó, por ejemplo, el doctor Jack Kevorkian. Él le administraba medicamentos para morir a sus pacientes y eso lo llevó a la cárcel varias veces. En el caso de Brittany, ella recibió las recetas de un médico y ella se encargó, personalmente, de tomar esa dosis mortal.

Como Brittany dio entrevistas antes de su muerte, promoviendo el derecho a morir con dignidad, algunos creían que no estaba tan enferma. Pero Daniel me cuenta que las convulsiones la paralizaban por horas, no podía hablar y que su deterioro físico era patente.

La Iglesia católica se opuso abiertamente al plan de Brittany. En diciembre, el papa Francisco incluso escribió en un mensaje a los fieles católicos: “Qué mentira tan grande se oculta detrás de ciertas frases que tanto insisten en la ‘calidad de la vida’ que hacen pensar a la gente que las vidas afectadas por enfermedades graves no valen la pena de ser vividas”.

Y se lo leí a Daniel.

“Mi esposa nunca fue muy religiosa”, me dijo, “pero ella fue muy buena persona. Fue maravillosa. Trabajaba con niños. Fue muy cariñosa. Así que, si hay cielo, san Pedro o Dios le dirían: ‘Tú no tienes que sufrir para estar aquí con nosotros. Bienvenida. Entra’”.

Daniel me dijo que la mayoría de las personas desearían morir mientras duermen y sin dolor. Y eso, según él, es exactamente lo que hizo Brittany: “Lo único que hizo Brittany fue controlar el dolor y evitar una muerte muy horrible”.

A Daniel no le gusta dar entrevistas para la televisión y, claramente, es un hombre que está sufriendo por la pérdida de su esposa. (Aquí está la entrevista televisiva bit.ly/1K5yWn3). Todavía está, literalmente, viviendo para ella. Llevaban apenas un año de casados cuando Brittany fue diagnosticada con cáncer cerebral.

Pero Daniel no quiere dar vuelta a la página. Me pareció que era un hombre que seguía casado con su mujer. “Yo estoy haciendo esto porque le hice una promesa a Brittany; tratar de pasar una legislación en California para que los californianos no se tenga que mudar a otro estado para morir en paz”, me dijo.

Brittany, me asegura Daniel, murió en paz. Los que no se quedaron en paz son quienes se sintieron con el derecho de decirle a Brittany cómo vivir y cómo morir.

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