Lo más visto

Más de Opinión

Del beato Romero al obispo Báez

Enlace copiado
Claudia D. Ramírez / Subjefa de Información de LA PRENSA GRÁFICA

Claudia D. Ramírez / Subjefa de Información de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

Subjefa de Información de LA PRENSA GRÁFICA He admirado por años a Monseñor Óscar Arnulfo Romero. He leído y escuchado sus homilías. He puesto atención en todo lo que han dichos sus amigos, sus familiares, sus seguidores, pero también me he tomado el tiempo de leer a sus detractores y de escucharlos sin contraargumentar para entender sus razones. El momento en que despertó un profundo interés por su figura fue en una ocasión en 1996, cuando, en las instalaciones de la UCA, observé en un pequeño museo un cuadro de Monseñor Romero. Lucía desfigurado por el fuego, pero todavía dejaba ver la imagen de obispo mártir.

Fue entonces cuando tuve la convicción de buscar sus escritos y de leer concienzudamente sus homilías, su diario. Quería entender qué había dicho y hecho este hombre para ganarse tanto odio entre los suyos.

Yo, más que por santo, que no es poca cosa, lo admiro porque lo considero un humanista. Un adelantado a su época, un hombre de fe pero también de valor. Un hombre que, para mí, representa muchos valores de los que ahora carecemos como sociedad.

Apenas ha transcurrido una semana desde que el papa Francisco anunció dónde y cuándo lo hará santo. El momento puede ser fortuito, pero no dejo de pensar en que calza mucho con lo que actualmente ocurre en Nicaragua.

Y eso se debe a una sola persona: monseñor Silvio José Báez Ortega, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, que me recuerda permanentemente a Monseñor Romero. El religioso goza de un inmenso apoyo por parte de los nicaragüenses. En Twitter, por ejemplo, tiene 57,400 seguidores. Pero también, como Romero en su momento, ha sido ya amenazado de muerte por denunciar la represión contra los jóvenes que intentan sacar del juego a la pareja Ortega-Murillo. Los jóvenes protestan porque consideran que Ortega no solo ha asesinado la democracia, sino porque se ha convertido en un represor.

Y Báez ha denunciado esa represión, los abusos de poder y también ha integrado la comisión con la que se buscó entablar diálogo con Daniel Ortega.

Ahora, por supuesto, vivimos en otros tiempos, pero la figura del obispo Báez es un poco para mí la que deberían adoptar los grandes líderes, no importa si son civiles o religiosos. Báez es, como Romero en su momento, la voz de quienes no han podido ser escuchados.

Hago la comparación porque me llena un poco de esperanza ver que incluso aquí, en El Salvador, gente que dijo en tiempos de Romero que los sacerdotes no deberían meterse en política, que no deberían tomar partido, que no deberían denunciar la represión, ven en este obispo nicaragüense una figura necesaria para la consecución de la paz en Nicaragua.

No puedo observar a Báez y escuchar sus palabras sin recordar a Romero, pero también sin agradecer que ahora, con la información más a la mano, podemos formarnos un criterio propio, entender las dimensiones del problema. Y confiar, además, en que, al estar tan expuesto internacionalmente, Báez también estará más seguro, y los nicaragüenses podrán contar con su pastor por más tiempo y hacerle justicia a su valentía.

Lee también

Comentarios

Newsletter
X

Suscríbete a nuestros boletines y actualiza tus preferencias

Mensaje de response para boletines