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Del enojo a la acción

En sociedades democráticas “nuestra vida depende de manera creciente de la confianza en lo que nos dicen o muestran los demás, los medios de comunicación o los diversos agentes de la vida social.
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En nuestro mundo global no podemos ir comprobando la veracidad o exactitud de las informaciones que recibimos, pues además en la mayor parte de los casos escapan realmente a nuestra capacidad de control efectivo. Tenemos que fiarnos unos de otros: no somos Robinson Crusoe en una isla desierta, vivimos con otros y hacia otros. Toda la vida económica, toda la estructura del mercado está apoyada radicalmente en la confianza en la palabra dada, en el cumplimiento de los contratos y en las transacciones de todo tipo. Se trata de un elemento tan esencial de la calidad de vida en nuestras sociedades occidentales... que mientras no se recupere la confianza no habrá progreso social posible: esto puede conseguirse en relativamente poco tiempo si quienes dirigen la sociedad tienen un efectivo liderazgo moral...” (Jaime Nubiola)

¿Y cuando defraudan algunos políticos y funcionarios? Cuando un diputado rompe con un partido por medio del cual fue elegido, se traiciona la confianza de quienes lo eligieron precisamente porque estaba respaldado por los valores y principios de un instituto político. En el caso de ARENA, la gente quiso dejarles con suficientes votos para ser el balance en la Asamblea Legislativa.

Hay dos opciones: el enojo paralizante o decidir participar para recuperar el estado de derecho. De otra forma, nuestros hijos y nietos pueden preguntar: “¿Dónde estabas? Cuando el futuro de El Salvador se encontraba en tus manos, ¿qué hiciste para cambiarlo? ¿Al servicio de qué tareas y a los pies de qué ideales pusiste tus talentos y tus virtudes, tu voluntad y tu carácter? ¿A quiénes empujaste, a cuántos animaste a cumplir con responsabilidad cívica ese noble deber de rechazar la mediocridad, superar el miedo y escribir la historia?... En los días en que la democracia se hallaba bajo sitio, el equilibrio de poderes en riesgo, la ética política desacreditada, y parecía que la infamia iba a dar un golpe mortal a las aspiraciones democráticas de la patria acorralada, ¿qué hiciste? ¿En qué movimiento te enrolaste? ¿Cuántas firmas recogiste? ¿De la mano de quién te fuiste a la calle? ¿Cómo expresaste tu indignación de hombre que sabe lo que vale su libertad?” (Fragmento escrito por Federico Hernández)

Ante la confusión y deslealtades, jóvenes (y no tanto) profesionales junto a sus familias han dejado su cómodo anonimato de espectador quejumbroso para actuar: “Puede ser que el día de mañana sea demasiado tarde y nos lamentemos toda la vida de no haber hecho algo para colaborar y ser parte de la diferencia. No dejemos nuestro país en manos de los políticos corruptos, de los totalitaristas y oportunistas... Debemos aportar un poco y regresar parte de todas las cosas buenas que tenemos, y sobre todo contribuir a tener un mejor país en el que podamos vivir más tranquilos, con seguridad y con oportunidades, para que nuestras futuras generaciones también se puedan desarrollar aquí”.

El reconocimiento abierto de nuestra interdependencia es fabuloso. “Yo no puedo ser feliz si no viven bien quienes están a mi alrededor, quienes viven y trabajan conmigo, y para vivir bien es esencial crear un espacio social en el que la confianza es la clave.” (Jaime Nubiola)

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