Democracia en vivo: no es lo mismo verla venir que estar con ella

Al hablar del país, son muchos los que se preguntan: ¿Cuál democracia? Y la respuesta es simple: Pues la democracia que vamos haciendo posible entre todos.
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<p>Los salvadoreños tenemos apenas 30 años y un poquito más de haber emprendido nuestra construcción democrática. Y además, en esos 30 años cupieron una guerra interna y una paz por hacer. En otras palabras, estamos haciendo al mismo tiempo dos aprendizajes de alta exigencia e inevitablemente de alta intensidad. Cuando nos autoflagelamos porque falta aún mucho por aprender y, por ende, mucho por corregir y por reconstruir, estamos poniendo en práctica una muy antigua tendencia nacional: a desvalorizar lo propio, como si nos sintiéramos condenados a la fatalidad de lo imperfecto. Sería hora de hacer un examen nacional de todas nuestras actitudes, para ordenar la casa mental de la nación, en función de proveerle energías frescas al quehacer renovador y reformador que tanto necesitamos.</p><p>Cuando comenzó la andadura histórica de nuestro proceso democrático, estábamos en el umbral de la guerra, que llenaría los años subsiguientes. Y, a pesar de ello, tuvimos elecciones básicamente libres en 1984 y en 1989. En 1992, el arribo a la solución política del conflicto abrió el escenario político a la competitividad plena. El aprendizaje entró, para todos, en otra fase. Pero aunque el escenario venía a ser el más completo del que se tuviera memoria, surgió un nuevo problema: las dos fuerzas políticas principales traían la plantilla mental de la guerra, y, por consiguiente, estaban marcados por el signo del “enemigo”. Esto es incompatible con un sano desempeño democrático, y tal incompatibilidad la seguimos padeciendo, con el agravante de que las dirigencias se resisten a dejar sus queridas y trasnochadas imágenes de origen.</p><p>Hay que reconocer, en primera instancia, que el aprendizaje democrático es incómodo por naturaleza, ya que demanda una serie de aceptaciones correctivas que rompen con las distorsiones aprendidas y acumuladas a lo largo del tiempo, y más cuando ha habido previamente una larga experiencia antidemocrática, como es nuestro caso nacional. La primera de esas distorsiones es el absolutismo del poder. En la práctica antidemocrática, el poder se tiene o no se tiene; en la práctica democrática, el poder se ejerce desde distintas posiciones, pero nadie lo gana o lo pierde en forma absoluta y mucho menos definitiva. Esta relatividad, que es connatural al ejercicio democrático sano, despierta agruras, malestares y resistencias, como se puede ver en la cotidianidad de nuestra vida política. </p><p>Para más problema de adaptación, la relatividad característica del poder democrático exige, para que el vivir en comunidad pueda ser pacífico, motivador y constructivo, la vigencia cotidiana e inexcusable de tres principios propios del equilibrio de la convivencia civilizada: autocontrol, tolerancia y respeto. Esto para muchos significa ponerles ante una tarea torturante, que desazona y aun encoleriza. El autocontrol es una disciplina funcional, que permite ordenar la propia conducta y hacerla coherente con el juego de las conductas ajenas. La tolerancia es el permanente despojo depurativo de la tendencia a imponer la propia voluntad a toda costa y a cualquier costo. El respeto es la proyección del autocontrol y de la tolerancia en las relaciones con los demás, independientemente de cualquier otra consideración.</p><p>Cuando decíamos que la democracia es incómoda hacíamos relación a la incomodidad de aprendizaje; pero hay otra forma de incomodidad que resulta del quehacer democrático normal, específicamente centrado en la permanente competitividad política. En democracia se compite a diario, y no sólo dentro de la formalidad de los procesos electorales. Más aún: esa competencia es más intensa en los tiempos no electorales, porque la competencia democrática está más allá de la propaganda, que es la que se impone artificialmente cuando hay elecciones a la vista. Competir en democracia equivale a estar presente en la vida de los seres humanos de carne y hueso, con nombre y apellido. Esa presencia es la que luego se va convirtiendo en voto, por encima de las consignas interesadas y de las promesas ocasionales.</p><p>Tener presentes todos estos componentes y matices es fundamental para avanzar en la vía correcta con seguridad y con previsibilidad. Al hablar del país, son muchos los que se preguntan: ¿Cuál democracia? Y la respuesta es simple: Pues la democracia que vamos haciendo posible entre todos. El dilema no es entre optimismo y pesimismo sino entre compromiso y negación. Lo cierto sin ningún género de duda es que todos y cada uno de nosotros tenemos una tarea al respecto, dentro del proyecto común que se llama “destino nacional”. </p><p>&nbsp;</p>

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