Democracias contagiadas de populismo social

Es fácil diagnosticar una democracia enferma, como varias del continente latinoamericano, pero su cura es muy difícil, sobre todo con una enfermedad tan grave, como lo es el “populismo social del siglo XXI”.

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Sherman Calvo / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Síntomas inequívocos en cualquier país: los elevados casos de prevaricación, tráfico de influencias y una corrupción galopante, falta de elecciones libres y transparentes, clientelismo político, libertad de expresión amenazada o amordazada. Sin embargo, quizás el síntoma más grave que caracteriza inequívocamente una democracia precaria es la carencia de independencia de los poderes. Nuestras democracias sufren por contagiado y el mal está bien enraizado.

Fernando del Pino Calvo, parafraseando a Aristóteles, decía que para conservar la democracia lo que con más esmero debe cuidarse es el imperio de la ley y la seguridad jurídica, esto es, “vigilar que no se infrinja la ley en lo más mínimo”. La democracia comienza a destruirse cuando la ley no se respeta, cuando se aplica ostentosamente de forma diferente a unos u otros en función del interés político, cuando los linchamientos (hoy en día en las redes) sustituyen a la presunción de inocencia, o cuando el aplauso o el abucheo de las masas son más importantes que las garantías jurídicas. Lo mismo ocurre cuando la ley se cambia constantemente al arbitrio de la voluntad de los que gobiernan, y cuando estos mismos gobernantes son los primeros en incumplirla con total impunidad. La repetición de estos comportamientos “mina y enferma sordamente al Estado”.

El verdadero problema, y solución al mismo tiempo, de nuestra democracia somos nosotros. Nosotros somos quienes voto a voto (o no votando) hemos propiciado el problema institucional que ha venido creciendo. Nosotros somos quienes confundimos democracia con alternancia en el poder. Nosotros, siendo imperfectos, colocamos en el gobierno a otros imperfectos que nos dicen “encontrarán soluciones excepcionalmente perfectas a nuestros problemas”. Nosotros somos los que vamos a votar sin leer ningún programa electoral, sin analizar cada rostro, las “siglas ideológicas” bastan a muchos, sin importarnos las tropelías cometidas bajo sus alas. Así, es imposible que una democracia funcione.

Siendo la democracia, como es, un sistema imperfecto, se necesitan principios insobornables para mantener su esencia basada en los principios del bien común y la igualdad ante la ley. No estamos defendiendo ninguno de esos principios como debe ser. Mientras tanto, la tela de araña de la regulación opresiva es lentamente tejida por los populistas, camino al poder total. No les importa si al establecer tan férreos controles se desincentive el mercado, el empleo, la productividad, el progreso. Lo importante es que la araña estatal tenga su parte. La idea de libertad de la “falsa democracia”, en el nuevo envase populista, es clara: ser libre es poder votar, poder marcar una papeleta y meterla en una urna en cada proceso electoral, ofreciendo a cambio “paraísos de la abundancia y festivales del buen vivir”.

Retomando algunos conceptos del columnista europeo Roberto Esteban Duque: “Cualquier proyecto político contrario a los valores que constituyeron el espíritu de la constitución y ajeno a los principios de la común herencia de la civilización cristiana significará una democracia reducida a escombros, pura ideología sin alma, un alejamiento del voto consciente”. De igual forma, cualquier proyecto político afín a la defensa de los principios de moralidad y de derecho, que manifieste que el hombre necesita unos bienes estables y verdaderos, un especial cuidado del bien común y la vida humana desde la concepción, merecerán el crédito del voto responsable.

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